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Número 67

Los Nichi

Yo había leído ese cuento de Julio Cortázar hacía mucho tiempo.

Recordaba, entre cosas, ciertas especulaciones en torno del sentido antiperonista del texto, lo cual no dejaba de parecerme un reduccionismo crítico. Lo cierto es que al mudarme a mi nuevo departamento descubrí que el mundo tenía bastante más que 25 metros cuadrados.

Me entusiasmaba la idea de contar con un cuarto que podría utilizar como estudio, además de la cocina con mesa y sillas incluidas y habitación con aire acondicionado.

Ni que hablar del living, donde por fin el tan resistido cuadro de Eric Clapton encontraba su lugar en el mundo. Durante los primeros meses posteriores a la mudanza, por las tardes mi programa favorito era sentarme a escuchar alguno de los discos que había postergado por la falta de espacio y de privacidad.

Me encantaba recostarme en la silla de escritorio y cerrar los ojos para captar la sensibilidad de los tempos del piano de Keith Jarret o leer alguno de los libros que volvían a lucirse en la biblioteca de piso a techo que había mandado a hacer apenas puse un pie en el edificio. Pero un día llegaron los Nichi.

No sé si “llegaron” es la palabra adecuada; más bien, me parece que debería decir que un día comencé a oírlos.

Ojo que Nichi no es el apellido; sólo es la forma en la que se me ocurre nombrarlos.

Primero fueron los muebles.

Camas o roperos que se movían de aquí para allá, serpenteando sobre la pinotea que amplificaba cada corrida.

Luego, esa música diabólica que marcaba los bajos y repetía “muévelo, muévelo”, escondiendo en el pronombre la ambigüedad del objeto de referencia.

Más tarde se sumaron los gritos, o lo que es lo mismo, articulaciones guturales inadmisibles para cualquier intento de decodificación humana. Esto no sólo ocurría después del almuerzo; cualquier hora era buena para pertubar la paz de mi universo propietario.

Así, muchas veces a la mitad de la noche, me despertaba un ruido como de malón que bajaba por las escaleras, o una seguidilla de timbrazos de portero eléctrico y portazos posteriores que aventuraban madrugadas de insomnio. De esta manera, mi vida comenzó a girar alrededor de la vida de los Nichi.

Y ellos se iban multiplicando.

Primero fueron cuatro; lo sé por la secuencia de ruidos.

Luego, se sumaron dos más.

Ahora calculo que son una docena (a veces más, a veces menos).

Hace poco sumaron a una Nichi bebé, que sabe que tiene que llorar todo el día para no dejarme un solo momento de paz. Sigo pensando que quedarse con el supuesto sesgo antiperonista de “Casa tomada” es una tontería.

Habiéndolo releído hace un par de días, creo firmemente que Cortázar conoció a los Nichi y dejó testimonio.

Ellos son los verdaderos protagonistas del cuento y ahora viven en el 5º D, mientras yo camino hacia la puerta de calle y tiro por la alcantarilla las llaves y los pedazos que quedan de la escritura notarial.

Vanesa Pafundo