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Número 66

Tan chachi
Felicidades

Me dicen que la última película de Julia Roberts, Comer, rezar, amar, está buena.

Pregunto por qué.

Me dicen que es entretenida, que ella está divina (esa sonrisa, Julia, esa sonrisa) y que la historia está bien (una mujer redescubre su verdadero ser comiendo, rezando y amando).

Hay gente que recomienda películas por cosas así. Pero no todo el mundo lo hace.

Pongamos por caso Contagio, la de Matt Damon (tipo odioso donde los hubiere, salvo en las de Bourne y acá).

Un amigo me dice que la película está buena: que es entretenida, que Kate Winslet está divina (se contagia, se hincha, muere deshidratada) y que la historia está bien (se cuenta la historia de una epidemia desde el punto de vista, digámoslo así, de la enfermedad y no de los enfermos). El léxico de la recomendación es, notoriamente, el mismo.

Es, si se quiere, lo que nos permite la economía de eso que llamamos “comunicación”.

Podríamos, sin embargo, señalar dos políticas de la recomendación.

La primera atiende al acuerdo, a lo que todos sabemos: es una confirmación (redundante, por cierto) de eso que llamamos “belleza”: la sonrisa de Julia, el entretenimiento, la superación personal.

La otra política de la recomendación es la del juicio contradictorio, contra la doxa, paradójico.

Este comentario negativo (en la medida en que se constituye como la negación de un criterio) atiende al desacuerdo, a la polémica, a generar sorpresa y debate.

Es un comentario que suspende la confirmación, porque enfatiza aquello que no es evidentemente bello: el trabajo de una actriz transformando su cuerpo, el entretenimiento, el punto de vista inhumano. La relación que mantengo con mis interlocutores es, por lo tanto, menos el acuerdo sobre los criterios de gusto que el hecho de que llamemos (ellos y yo) del mismo modo a cosas, criterios y actitudes antitéticas, a máquinas de guerra dispuestas a aniquilar a quien piense lo contrario.

Ese doble emplazamiento de acuerdo y desacuerdo (nos entendemos lingüísticamente, pero nos peleamos eternamente por el sentido de las palabras) define, pues, los límites de una comunidad. Nadie dirá nunca en la Argentina, que Julia Roberts es “tan chachi” en Comer, rezar, amar.

Ezequiel De Rosso