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Número 66

ARCO DE TRIUNFO

A cada uno de ellos le gustaban las sentencias de los moralistas latinos.

Séneca era el preferido del coronel, hombre orgulloso de que su sobrino hubiese desertado de las ilusiones que se hiciera su madre al ponerle el nombre de un escritor melancólico, al que las mujeres de su tiempo tenían de punto.

Rainer, su sobrino, tenía ideales viriles y estaba interesado en la realidad efectiva, no por esos ensueños que poblaban la cabeza de su madre. A pesar de eso no se podía decir que nuestro Rainer fuera un ganador con las mujeres, aunque cada tanto tenía una novia y hacía sus travesuras con Magda mientras el tío dormía la siesta y Emilia realizaba sus tareas.

Lo sabía, aunque me lo ocultaba. Por mi parte había dejado de ocultarle algunas cosas: conocía de entrada mi deseo por su hermana, discreto, nunca me preguntó hasta donde habíamos llegado.

También sabía algo del embarazo de Delia y algunas otras cosas.

Hartung, para enfatizar los cambios que produce la edad y en alusión a la tibieza de las opiniones del coronel, dijo: antes tenía un espejo, ahora tengo un perchero.

Tengo muchas cosas que colgar. El coronel no dejó pasar la alusión, sonrío y se propuso responder casi como un payador: La fatalidad guía a los sumisos, atrae a los bravíos. Con esta sentencia de Séneca el coronel creyó cerrar el pico de Hartung, porque la fatalidad en aquel mes de septiembre de 1962 era la confrontación armada del ejercito divido entre azules y colorados.

Frente a eso Zoster y Hartung fueron de la misma opinión.

Era una maniobra militar con espectadores, que la seguían entre curiosos y asustados.

En efecto, a los pocos días aparecieron tanques en las calles de la ciudad; recuerdo que algunos iban para Constitución por la calle Humberto Primo, entre una doble fila de soldados que vigilaban parapetados en los zaguanes.

Se me ocurrió que bastaría que uno gritase azul y los otros respondiesen colorado para que empezara un tiroteo cruzado, de vereda a vereda, en perfecta simetría. Cerraba un ojo, al abrirlo cerraba el otro: el tanque que avanzaba en línea recta parecía oscilar de una vereda a la otra.

Como en el díptico de los cuatro apóstoles de Durero la perspectiva era invertida: lo que estaba más lejos parecía de mayor tamaño que lo cercano.

Por encima del primer tanque se veían los otros, y los cascos de los primeros soldados dejaban ver una serie ascendente que alcanzaba unos cien metros. También los soldados parecían oscilar de una vereda a otra cuando se los miraba con un ojo o con el otro de una manera alternativa. A pesar de los nombres que identificaban a los grupos enfrentados, todos vestían uniformes del mismo color y eran del mismo ejército. Eran del mismo país, pero diferentes intereses.

Y ahí empezaban las discusiones.

La ciudad estaba animada de corridas vertiginosas, de automóviles que parecían estar dirigidos por la fatalidad nombrada por el coronel.

¿Quiénes eran los sumisos y quienes los bravíos? El grupo llamado azules emitió el comunicado 150, donde se declaraban sumisos: “Las fuerzas armadas no deben gobernar…”, cosas así.

Proponían un retorno a la calma, un cese del drama de la ciudad, una vuelta a la rutina del trabajo que tendría que ponerse por encima del espectáculo de los tanques, los soldados y las proclamas.

Basta de grandes titulares, de las imágenes de guerra de Parque Chacabuco y Parque Avellaneda.

Los militares a los cuarteles, los niños y las palomas a las plazas, a la escuela, a cumplir con sus deberes.

Las mujeres a sus hogares, los ancianos a charlar a los boliches.

Le dije a Rainer que me parecía que los curiosos querían un poco más, que pasara algo de verdad. Los colorados en tanto perdieron pasaban a ser los verdaderos sumisos y los bravíos eran azules, aunque se hubieran declarado sumisos para despistar.

Prometieron dejar al país como nuevo en 120 días.

Germán García