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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 66

La mesa está servida

Es de día, una mañana desapacible a orillas de un lago.

El cielo está gris y puede que llueva.

Un viento frío molesta al hombre que con dificultad intenta meter un bote de remos en el agua.

Son las mismas aguas que se tragaron al hijo mayor del hombre hace hoy, justamente, un año. Torpemente carga el equipo de pesca y en pocos minutos está flotando en el bote lejos de la orilla.

Ahora puede que nadie note que tiene el lado derecho paralizado a causa de un accidente cardiovascular. El viento produce un quejido al pasar entre los árboles.

El hombre no los escucha, es que no está tan cerca y además hace años ha perdido la totalidad de la audición por una infección.

No le importó, en su momento.

Sentado allí, en la soledad, no se ha llevado nada para leer.

Acaso porque es ciego.

Le pasan cosas.

Pero no ahora, que la espera se convierte en costumbre, en actividad. Hasta que la tanza se pone tensa.

Algo enganchó con su caña de pescar.

Paciencia, paciencia y fuerza.

Hace rodar la manija del reel y traba entre la pierna y la mano derecha, la inútil, la caña de pescar, que se dobla en una flexión imposible, aunque el hombre no la vea. Poco a poco cree saber que su presa está más cerca, pero no deja de ejercer resistencia, al contrario, cada vez se le hace más difícil.

Presiente que está sacando a su rival del agua, pues se ha salpicado los pantalones.

Entonces, en una maniobra rápida, toma con su mano izquierda el hacha corta y afilada que tiene sobre el asiento y lanza un golpe certero donde supone que está el cuerpo de su enemigo.

El hacha da justo en el blanco, lo sabe porque la resistencia se termina inmediatamente, tan de inmediato como siente el dolor en la pierna, producto de la herida que se acaba de efectuar en la rodilla izquierda.

El dolor y la sangre, que brota caliente cobijando su pantorrilla, le obligan a soltar el hacha, que se clava en el fondo del bote, abriendo un rumbo importante, por donde el agua comienza a llenar el fondo de la embarcación. El hombre ya no le presta atención a su víctima que no es otra cosa que un cable que se encontraba tendido bajo el agua.

Ese cable es el encargado de llevar la señal de Internet a una gran ciudad, que a partir del hachazo certero del hombre, está incomunicada. Y es por eso, y no por otro motivo como ella dice, que no recibo el mensaje que me manda mi esposa al teléfono inteligente avisándome que la mesa está servida.

Roberto Gárriz