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Número 65

Algunos de los caminos recorridos en búsqueda del texto perfecto (que por alguna extraña razón no quiere revelarse).

Comenzaré estas líneas con un pedido de disculpas por mi ausencia, pero fue por motivos literarios.

La mayor parte de mi texto fue escrito en su forma definitiva hace ya varios meses.

Sin embargo el final, el cierre, la terminación, el último aliento, la última frase, no quiere aparecer.

Algunos podrán pensar que no es excusa, pero les pido que así como yo respeto que elijan el camino de la literatura pasatista y mediocre, ustedes respeten mi elección.

Creo que es buena la diversidad y que poblar la revista de mediocridad es bueno, siempre y cuando existamos personas como yo que nos tomamos esto en serio, aunque sea por el sendero mas difícil.

Durante los primeros días posteriores a haber escrito la primera parte del texto, pensé que el final vendría rápidamente.

Como defensora del pensamiento paralelo, supuse que la frase se me revelaría mientras hacía la cola del supermercado, cambiaba la tierra a mis plantitas y me entregaba al sexo salvaje con cualquier desconocido que pudiera conocer en algún bar de motociclistas.

Pero, dado que no soy Dr.

House, eso no pasó.

Con las compras para el resto del año adelantadas, el jardín renovado y un amargo sabor de boca que no puedo sacarme, decidí tomar medidas mas drásticas.

Me entregué de lleno a la meditación en sus mas diversas variantes.

Moví influencias, tramité mi visa y me fui para el Tibet.

Me recibió el Maestro Tun-Fen Ho y luego de doce días de ayuno y meditación conseguí conectarme con el final.

Se me reveló como una frase dicha al pasar, lejana, no muy bien pronunciada.

La dicción de mi buidad dejaba bastante que desear.

Consulté con el Maestro si eso era normal, pero no me dijo nada (de hecho, nadie en el templo jamás me dijo nada durante el tiempo que viví ahí).

Desde mi punto de vista, eso fue una señal.

Agarré mi mochila y me volví al pais.

En el avión decidí agregar la frase al resto del texto.

Pero cuando leí lo que creía que era la obra completa noté que el final no empalmaba tan bien como me había parecido durante mi trance.

Tal vez la falta de alimentos, el hecho de estar meditando en un patio gigante a diez grados bajo cero o mi estado de profundo trance distorsionaron mi percepción de la realidad.

Como fuere, la frase “yo no he venido a ser Presidenta de la República para convertirme en gendarme de la rentabilidad de los empresarios; que se olviden” no tenía nada que ver con el resto del texto.

A lo mejor en mi afán de conectarme con el final, hice mas énfasis en “él” que en “final”, y de ahí vino la confusión.

Como sea, nuevamente pido disculpas, y les prometo que, ni bien consiga curarme estos hongos, volveré a los bares de motociclistas en busca de un final.

Mariano Quintero