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Número 4

Arbolitos no, libros...tal vez

Definitivamente, la época navideña se ha instalado ya con la fuerza de lo irremediable.

Asistimos con cierta displicencia a un espectáculo montado en torno a un señor gordo y barbudo que sólo Dios s abe por qué razón esotérica viste un traje de franela cuando la marca térmica por estos tristes trópicos no desciende nunca (o casi) de los 28º C.

Calles invadidas de muérdagos, guirnaldas y lucecitas de colores; la gula que nos lleva a comer lechón, frutas secas y pan dulce a reventar; más la deuda que pagaremos durante gran parte del año siguiente, no hacen sino confirmar que las navidades nos hacen perder la chaveta como si fuéramos las ratitas encantadas por la dulce e hipnotizadora melodía del flautista de Hamelin. Pero, en fin, no podemos ir en contra de tanto espíritu festivo, mal que nos pese.

Porque a pesar de todos estos sinsabores, la Navidad también ha dado buenos textos.

En la búsqueda de material para esta columna, recordé uno: “El cascanueces” de E.

T.

A.

Hoffmann.

En este cuento, una nena recibe como regalo un soldadito de plomo cuya función es la de hacer (como lo indica claramente el título) de cascanueces.

Pero hete aquí que el muñequito cobra vida y entabla una batalla contra el rey de los ratones, se enamora de María (o Clara, en la versión de Tchaikovsky) y juntos parten al reino de los sueños, “un país en el que sólo se ven, si se tienen ojos, alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán, en una palabra, toda clase de cosas asombrosas”, en palabras del propio Hoffmann.

Lindo, ¿no? Lejos del romanticismo alemán y más compenetrado con la obligación de mostrar las desigualdades sociales como contracara de la industrialización en la Inglaterra de fines del siglo XIX, Charles Dickens se sirvió del escenario navideño en su “Canción de Navidad”.

Este relato cuenta la historia del avaro Ebenezer Scrooge, un personaje viejo y amargado que odia las navidades y a todos aquellos que la festejan.

Por supuesto que para los tiempos de Dickens aún existía un dejo de “esperanza”, por lo que algo pasará para que Scrooge advierta su error y enmiende finalmente tantos años de amargura propia y ajena. También Paul Auster escribió “El cuento de navidad de Auggie Wren”.

Si han visto la película Cigarros, recordarán que Auggie llega a la casa de un ladrón de poca monta que había perdido su billetera en la huida tras intentar robar unos libros de bolsillo en la tabaquería donde Auggie trabaja.

Wren quiere devolver la billetera, y cumplir así su buena acción de Navidad.

Pero cuando se abre la puerta no aparece el caco, sino su abuela ciega, quien en un primer momento confunde a Auggie con su nieto, cosa que Auggie no contradice.

A partir de ese momento, ambos deciden seguir jugando el juego del nieto y la abuela y pasar Navidad juntos. No queda, entonces, más que hacer como el personaje de Auster y jugar nosotros también a las navidades, escribiendo los textos que engalanan este número.

Siempre será mejor que terminar como Robert Walser, que murió un día de Navidad de 1956, mientras paseaba cerca del manicomio de Herisau donde había pasado los últimos años de su vida, perdido, solo y sin poder escribir una sola línea.

Vanesa Pafundo