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Número 65

El viejo en el recuerdo

Se olvida de todo el viejo: de tomar las pastillas, de cambiarse la ropa, del nombre de sus hijos, de sus nietos.

No se acuerda de mí, su sobrina favorita, mucho menos de mis hermanos.

Y es una pena, tantos años vividos, tantas experiencias, tantas tristezas y alegrías, tanto lo dicho y lo callado...

¿para qué? Plaf, todo fue a parar al tacho de basura, o peor: a la nada fue a parar.

Porque aunque me haya contado cosas, lo que queda son las cosas que me contó que no son las que pasaron, ni siquiera son su recuerdo: lo que queda es lo que eligió decir, las mentiras que dijo, lo que prefirió ni contar, lo que no quiso que yo recuerde jamás.

No queda nada pero el viejo está todavía.

Aunque ya nadie se acuerde de él.

Tal vez es al revés: primero a uno lo olvidan, luego se olvida uno de todo.

Algo de la memoria que cada uno conserva debe tener que ver con el recuerdo que suscite en los demás, suena lógico, equilibrado. Entré a la habitación del viejo y me miró con esos ojos antes azules y ahora celestes, casi blancos de tan lavados.

Lavada su mirada vacía sin recuerdos.

No dijo mi nombre, no sonrió ni se enojó.

Tampoco lloró.

Un hielo los ojos.

¿Qué te pasa tío? Vine a hablarte, vine a terminar la charla que empezamos ¿hace cuánto? Hace cincuenta y tantos años, si yo era una nena.

Y vos me decías cosas que no entendía, me murmurabas cosas, que no entendía o que no me acuerdo.

Hasta ahí habíamos llegado en la charla, recordando (tratando de recordar), y ahora resulta que no sabés quién soy.

Te olvidaste, nunca fue más conveniente el olvido.

¿En serio no sabés quién soy? ¿Y vos? ¿Quién sos vos? ¿El de los ojos azules, profundos, que me dice cosas y traga saliva, el que da miedo? ¿O sos este de ojos blancos que nadie recuerda, que no existe más, que huele a pis? Yo también tengo la mirada lavada.

Los años les quitan brillo a los tíos y a las sobrinas.

A los ojos y a la memoria.

No te acordás de nada me decís, pero no importa, yo vengo y voy a volver, nomás por si acaso, nomás por si de repente algo -un olor, un sonido- te trae a la mente algún recuerdo que te duela, que te acompañe ahora que estás solo, que te mate en soledad.

Yanina Bouche