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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 65

Los viejos reproductores abandonados.

Una noche uno de ellos entendió, así le dijo a otros, que eran los restos de aquellas correrías de infidelidades – podría decir Baigorria – que los había alejado del hogar; lejos de los hijos y con alguna mujer perdida que había empezado otra vida con gimnasio y nuevo hombre.

Mujeres dispuestas a prolongar al infinito la edad de merecer, con la ayuda solidaria de la cirugía estética y la buena alimentación. Alguno respondió que no había que exagerar, que cada uno de ellos después de cansarse de aquellas correrías se había concentrado en la creación de unas condiciones de vida saludable y sin tanto rebusque.

Claro que quien era atrapado por el geriátrico no volvía.

El llamado de rigor en estos casos recibía la noticia, dada por algún hijo ya casado, de que el viejo se había cansado de vivir.

Eufemismo para decir que ya no estaba entre nosotros.

Cuando el bar se negó a permanecer como les gustaba y parecía desfallecer, uno de ellos conocido con el sobrenombre de Pasaje Abierto – porque nunca ponía fecha de retorno a sus viajes, para no perderse ningún regalo del azar – dijo que en la avenida Córdoba se había formado el Club de los viejos Baby.

Paraban en un bar de Pueyrredón para arriba, no muy lejos, en un bar en la esquina de una plaza.

Eran unos viejos nabos, pero la pasaban bien.

Se conocieron en la plaza, cada uno estaba solo, y se fueron agrupando por simpatía a una mujer que los atendía cuando iban a tomar café.

Al hablar de ella recordaban su juventud. Uno, según dicen, llamó a la simpática y le dijo traeme un café, Baby.

Ella rió y dijo como quieras Baby.

Los demás quedaron arrobados. El rumor de que la simpática aprendía natación para flexibilizar la línea y agregar al encanto de su risa, hizo que sin palabras se inscribieran en un club de natación y rondaran la piscina con el pretexto de que esperaban sus respectivos certificados médicos para empezar a nadar.

Y un día la vieron y quedaron en silencio, admirados por la mujer que pasaba frente a ellos y con una sonrisa decía “qué tal mis Baby, ¿me extrañaban?”. Los viejos reproductores no creían en tanta felicidad.

Un reproductor incrédulo comentó que además de nabos eran unos viejos pajertos.

Otro, con ganas de cambiar de rutina, anduvo averiguando por la avenida Córdoba.

Volvió con una mala noticia.

Habían derrumbado el edificio, donde estuvo el bar quedaba un pozo y unas máquinas trabajaban.

Una vecina le dijo que mejor que demolieron ese bar, porque paraban unos viejos verdes que pasaban horas molestando con miradas libidinosas a una chica que los atendía.

Eran unos viejos asquerosos, dijo la señora.

Germán García