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Número 65

Una pequeña gota de aceite

Encontré una pequeña gota de aceite en el piso de cemento del garage de mi casa.

Tenía la forma de la provincia de Buenos Aires, y digamos que a la altura de Olavarría, más o menos, un reflejo formaba la imagen exacta de una ciudad con varios edificios altos, en uno de los cuales había varias ventanas iluminadas.

La cuarta empezando desde arriba a la izquierda, además de estar iluminada, estaba abierta, de tal manera que desde el exterior se veía un living con dos sillones individuales y un sofá de tres cuerpos rodeando una mesa ratona de madera.

Sobre la mesa ratona se hallaban varios objetos pequeños, acaso recuerdos de viajes, que no vale la pena describir.

Al fondo de ese ambiente había un comedor, con una mesa rectangular cubierta por un mantel blanco con flores bordadas que podían ser amapolas o geranios y seis sillas, dos en cada costado y una en cada cabecera.

El comedor era amplio, con un mueble vajillero contra una pared y un cuadro pequeño que mostraba un paisaje campero en la otra.

Al fondo del comedor se distinguía claramente la puerta que daba a la habitación matrimonial donde enfrentando a la cama de dos plazas deshecha, con el cubrecamas hecho un bollo tirado en el suelo y las sábanas de colores retorcidas, había un televisor plano, tipo plasma de treinta y dos pulgadas colgado en la pared.

En la pantalla estaban dando una serie americana, de esas en que un grupo de investigadores se encarga de resolver crímenes horrendos.

En ese capítulo en particular, que yo ya había visto, un hombre de mediana edad que circula en una moto de baja cilindrada pone en jaque al equipo de forenses pues en cada asesinato que comete siembra pistas falsas que confunden a los protagonistas de la serie.

Casi llegando al final del capítulo, después de un anuncio de galletitas sin sal, todo se resuelve de forma inverosímil.

La motocicleta del malo deja una casi imperceptible gota de aceite.

De los análisis de la gota de aceite surge la evidencia contundente que desenmascara sin el menor margen de error al criminal.

Roberto Gárriz