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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 65

Es tarde

Es tarde cuando los pies del músico quedan envueltos por un viento de polvo, redondo y caliente, que emerge de las ruedas del tren frenando en la terminal. En la última hora ha sacado su reloj cadena insistentemente, no siempre para medir el tiempo; a veces sólo asomaba su cara ancha, que no entraba toda en la esfera, sólo para preguntarle sin palabras alguna cosa a un cierto pasado.

No ha recibido respuesta todavía, sin embargo calcula que tendrá alguna noticia si desvía la mirada hacia el borde del cuadrante, bruñido reseco que reproduce fragmentos desplegados de un vagón, de otro, ensamblajes que colisionan por última vez, robustos y lentos, dos o tres escalones de hierro indeciso.

El globo polvoriento cede, se esconde de nuevo en las vías.

Una mujer desciende, sus pasos se demoran también.

El músico se oye diciéndole qué hacés, vestidito verde.

Su voz es joven, pero es una voz anterior, de unos cuantos años atrás.

De cuando no le importó susurrarle si te molesta, decime, y el brillo de un ojo negro de rímel abarrotado le escupió la idea.

Yo me encargo, te dije -dice él- ¿a qué hora sale del sucucho? A veces me da como un escalofrío de pensarlo, le dice ella, ¿y si no sale? Dejame a mí, pero vos borrate por unos días.

Lo que puedas y más. Ahora el músico tiene el bigote entrecano, desdibujado, le falta el retoque de barniz espeso que le sobra en las manos después de pasarse la tintura por los escasos pelos de la cabeza.

Eso lo hace a la noche, a la tardecita, cuando se prepara para ir a tocar.

No sabe o no recuerda o no puede explicarse por qué no se animó aquella noche.

Lo vio ahí, al hombre del bar, comiéndose con los ojos la basura de las calles, excitado por las ruinas de las almas que andan desnudas soplando barbaridades.

Le pareció más flaco o más dejado que cuando la colorada le metió la idea de que la andaba acosando, que ya no podía trabajar en paz.

Ventajero, te hacés el piola porque la ves sola.

Te voy a enseñar un par de cosas, no ves que se está ganando la vida.

Infeliz.

Cara de infeliz.

Todo un infeliz que apenas duerme por lavar la mugre de los otros.

Y tanteó la vaina repujada a través de la tafeta del bolsillo.

Nora Martinez