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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 63

No mires el cielo

Sabía que se iba a morir.

No lo supo por las manchas violáceas que se extendían por el cuerpo desprolijamente desde el verano.

Tampoco por la ropa que comenzó a quedarle holgada a medida que pasaban los meses.

La respuesta le llegó como un grito cuando atendió el teléfono y reconoció que la voz que le hablaba era la de Ángela.

Desde pequeña su voz era nítida e intensa.

Podía provocar a los pájaros para que cantaran con ella debajo del limonero de la galería.

Hacía veintisiete años que no sabía de ella. Cuando Hernán decidió irse de Chascomús para instalarse en San Luis, le dijo a su madre que cuidara de Ángela, que él no podía ocuparse de ella.

Él la dejó de ver a los pocos días de haber cumplido siete años.

Ese día amaneció nublado pero las nubes se alejaron unas de otras rápidamente, como si otra fuerza las obligara a separarse.

Las miraba huir desde la ventana de la habitación de Ángela.

Esa mañana Hernán cerró las cortinas del cuarto, le dio un beso en la frente y salió. Después de reconocer aquella voz, no pudo evitar recordarla cortando las margaritas del patio.

Las juntaba con las dos manos e intentaba enlazar obstinadamente ese pequeño ramo a su pelo.

Ella lloraba cuando se caían al mínimo movimiento.

A veces él las levantaba una por una, las unía y se las entregaba para evitar el llanto. Ángela lo había buscado con más intensidad los últimos años.

Su abuela la cuidó y le dijo que él tuvo que irse para buscar un trabajo estable; después que su salud era delicada y que le impedía viajar a visitarlas.

Hasta que las excusas se acabaron y ella dejó de preguntar. El día del sepelio llovía.

Las gotas pasaron de tener una consistencia espesa a transformarse en un brillo húmedo sólo perceptible al tacto.

Unas pocas personas bajaban en silencio por la calle principal del cementerio, algunos eran amigos de Ángela y otros los parientes lejanos que sólo se reúnen para esos acontecimientos.

A lo lejos se escuchaban los ladridos asustados de unos perros viejos mientras algunas nubes se disipaban.

Después del resplandor comenzaron a llover margaritas del cielo.

Laura Gibilaro