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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 63

¿Por qué no volvés a Praga, Muñeco?

No era una pregunta, era una exhortación que Odradek no supo como responder.

El nombre de aquella ciudad donde había andado durante quién sabe cuanto tiempo, el recuerdo de su amigo K.

y de las tropas de soldados alemanes, el tumulto de los últimos que huían de los invasores, convertían sus recuerdos en algo parecido a un sueño. Tirado sobre el asiento de un taxi escuchó a una señora que parloteaba con alguien que se llamaba Matilda y le contaba, casi sin aliento, como su amiga Gabriela encontró a su “amigo con derecho a cama” con otra mujer.

Eso pasa, dijo la señora, porque hablan de cualquier manera, porque el desgraciado juró entender que ella le prestaba la cama para que retozara, mientras estaba fuera de su propia casa, donde el vivanco se había instalado.

Ella no le creyó, claro, pero como lo quería… hablan retorcido, cada palabra la sustituyen por otra cualquiera que oculte de que se trata.

Perdoná, pero encamarse con ella no tiene nada que ver con que se encame con otra en su cama.

El taxista sonreía como si fuera el personaje del cuento de la señora, tan expresiva y necesitada de seguir con sus elucubraciones.

Nadie parecía responder del otro lado. Odradek había observado que desde temprano iban pegados al celular y se jactaban – así, en general- de ser el país con la mayor cantidad de estos aparatos.

Hasta las campañas políticas se hacen con aparatitos donde cada uno se presenta como ingenioso, decidido, jovial hasta lo insoportable.

Nadie cree, pero se arrullan con esta música. En su época en el campo Odradek había visto retorcer alambre, pero no podía imaginar que era hablar “retorcido” –palabra que escuchó en el parloteo de la señora- y mucho menos que era encamarse.

A Odradek le había tocado estar en muchas camas, siempre ajenas, pero estaba seguro de que no se había encamado nunca.

¿Qué era exactamente?.

“Abrazado a la otra”, seguía la señora.

Eso sí, lo había visto hacer, pero la única vez que quiso abrazar a una mujer que se mostró cariñosa, fue rechazado con fastidio: “Me vas a enredar con esos piolines”.

Odradek no era como los demás. Al bajar del taxi la señora lo arrastró por el asiento.

Casi asfixiado planeó hasta la cuneta, en una calle de un barrio desconocido.

“Rajá, Muñeco” –le dijeron alguna vez.

Acá cualquiera te usa para envolver huevos y los atan con tus propios piolines.

Germán García