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Número 63

Inseguridad

Pasó en el taller literario de Juan Diego.

Esa tarde estaban Alicia, Mabel con su hija Viviana y Sebastián.

Sonó el timbre, abrió Juan Diego y enseguida el hombre con un pasamontañas negro de lana que le cubría todo el rostro menos los ojos y la boca, estuvo dentro de la habitación.

Hizo una seña con la mano para que los demás se quedaran como estaban, sentados alrededor de la mesa.

Luego se señaló justo encima del cinturón haciendo ver la culata negra del revólver que asomaba. - Quietitos que si se portan bien no les va a pasar nada.

Entonces comenzó a revisar.

Se calzó unos anteojitos de presbicia por encima del pasamontañas y tomó uno por uno a los cuadernos.

Primero el de Alicia, luego el de Sebastián.

Leía en voz baja, seguramente memorizaba cada palabra.

No hacía anotaciones, era muy profesional.

Mabel y Viviana esperaban abrazadas que terminara con sus cuadernos.

- Por Dios, lea lo que quiera pero no nos haga nada –imploró Alicia. El desconocido terminó de leer y le pareció poco.

Se puso violento.

Quería más, dijo que les propondría una consigna sencilla a ver si podía aumentar el botín: - Inventen un animal imaginario -dijo. Sebastián para salir del paso puso cara de pensar y al ratito dijo con voz temblorosa: - Ya sé: el cordero vegetal de Tartaria.

Es una planta con forma de cordero. El ladrón se enfureció. - Eso no es tuyo.

¿te creés que soy boludo yo? Es el Borametz, de El libro de los seres imaginarios de Borges- dijo, y de un manotazo le rompió una hoja del cuaderno y después se metió con Mabel.

Se burló de su poesía Caricias de Espuma.

Mabel comenzó a llorar.

Ahí fue cuando intervino Juan Diego.

- Respetá.

No te metás con la poesía. El hombre se le acercó peligrosamente a Juan Diego, pero en ese momento algunos ruidos en el pasillo lo convencieron de huir antes de quedar atrapado en esa ratonera.

Sacó unos precintos de plástico de los bolsillos y los ajustó alrededor de los cuadernos, tan fuerte que el plástico se hundió en los forros papel araña. - Quietitos.

Van a recitar lentamente Desde la torre de Francisco de Quevedo.

Si alguno se da vuelta o se mueve antes del último verso, vuelvo y les violo el derecho de propiedad intelectual. Comenzaron a coro y con una cadencia escolar “Retirado en la paz de estos desiertos…” El hombre abrió la puerta despacio y salió al pasillo, se alejó mientras escuchaba: “En fuga irrevocable huye la hora…”

Roberto Gárriz