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Número 64

Los nervios de la primera vez

- Papá, ¿seguro que no se va a caer el avión? –me preguntó mi hijo y me reí.

¿Cuántas veces me había hecho yo la misma pregunta? Cien, mil, cada vez que traspasaba la puerta de esa nave infernal buscando mi asiento boleto en mano me lo preguntaba.

Pero por suerte en la respuesta siempre ganó la razón.

Es que existen muchísimos argumentos para apaciguar el miedo: se muere mucha más gente en accidentes de tránsito que por viajar en avión, los pilotos chequean y vuelven a chequear que todo esté en orden antes del despegue, nunca supe de ningún conocido que hubiera sufrido un accidente fatal durante un vuelo, si fuera algo tan frecuente las azafata cobrarían millonadas, yo mismo viajé semanalmente durante los últimos cuatro años y jamás nada.

Pero para mi hijo era la primera vez y lógicamente dudaba. - No te preocupes, todo está pensado para que lleguemos a destino sin ningún problema.

No existe ningún medio de transporte más seguro que el avión –aventuré.

Para mi sorpresa no insistió con el interrogatorio, con mi palabra le bastó.

No pidió cifras ni explicaciones profundas.

Si papá dice que no se cae, no se cae, ese fue el razonamiento de mi hijito. Llegó al asiento con una sonrisa gigante, estaba fascinado con la idea de volar.

Quiso estar del lado de la ventanilla.

“Para saludar a mami cuando pasemos por arriba de casa”, me dijo.

La explosión la sentimos todos pero fue él el que primero vio el fuego saliendo de la turbina.

Mirá papá –dijo casi entusiasmado-, se incendia.

El avión se ladeó y perdió altura rápidamente.

Las azafatas corrieron desesperadas a sus asientos y se ajustaron el cinturón de seguridad.

Una de ellas lloraba, otra rezaba.

Todos gritaban, yo lo hubiera hecho pero la mirada fija de mi hijo me lo impidió, todavía conservaba el gesto alegre aunque tenía los ojos excesivamente abiertos.

“No pasa nada, los pilotos son expertos”, le dije devolviéndole la sonrisa.

Algunos bultos volaron por el aire, uno me golpeó la cabeza.

Comenzó a faltar el oxígeno y cayeron las máscaras.

Hice lo que había visto infinitas veces en un video: coloqué primero la del niño y dije Dios mío.

Él retiró la máscara de su boca un instante sólo para decirme “te hiciste pis, papá”.

Sentí un calor intenso, vi las llamas acercarse, vi cómo se retorcía mi hijo, cómo se hacía pequeño buscando alejarse del fuego y lo vi estirar los brazos hacia mí.

Lo abracé fuerte, ya era una llaga, no se movía, quedamos adheridos, pegados, derretidos.

Y luego todo se acabó.

Yanina Bouche