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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 64

Perros de la calle

La voz que anuncia la partida a Catamarca me despierta.

Estamos sentados uno al lado del otro.

En realidad vos estás durmiendo apoyando tu cabeza en mis pies.

Necesitaba despertarte para poder moverme.

Demasiado tiempo estuve en la misma posición y ahora siento cómo el pie derecho no me responde.

Apenas lo muevo comienza ese hormigueo doloroso y profundo que no me gusta sentir.

En un rato sale el colectivo, quizás esta vez tenga suerte y sea un viaje tranquilo.

Esperá un momento.

No te vayas.

Dejá que te miré por última vez.

No creo que regrese.

Y si regreso seguramente vas a estar dando vueltas por otros lados.

Quiero recordarte. En Catamarca me espera el aire seco y terroso, las calles del centro que se llenan de gente hasta la una de la tarde y la soledad de la siesta.

Mamá está internada.

Sí; desde hace varios años.

Ahora la llevaron a otro lugar.

No sé bien dónde queda, pero según me explicaron cerca del rancho donde vivíamos.

Es lindo y la cambiaron a pedido de mi tía que la va a visitar todos los días.

Las dos son mayores.

Mamá ya pasó los ochenta y cinco, creo.

Hace mucho que no la llamo por teléfono.

La última vez que la fui a visitar estaba sentada en el parque, bajo un eucalipto enorme.

Nunca había visto un árbol tan grande.

En la ciudad perdí la noción del tamaño de un árbol.

Para mí son todos iguales.

Mamá estaba sola, con el pelo canoso y corto.

No pude darme cuenta hacia dónde dirigía su mirada que mantuvo fija durante mi visita.

Sólo de tanto en tanto la levantaba y me miraba de costado.

Creo que lo hacía cuando le repetía varias veces que así lo hiciera: “miráme mami, soy yo, Osvaldo.” Y ahí levantaba sus ojos.

Pero yo ya no era en ella.

A veces decía Osvaldito pero mi nombre volaba en pedazos por el parque y a medida que caía perdía la fuerza, hasta que se extinguía.

Simplemente desaparecía.

No había nada detrás de la voz de mamá que llenara mi nombre. Gracias por acompañarme.

Ahora sí tengo que subir al colectivo.

Andá con cuidado, no andes por lugares oscuros y si me recordás, pasá por la terminal cada tanto.

Quien te dice que vuelvo y te encuentro revolviendo la basura de esta ciudad.

Laura Gibilaro