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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 63

Final del recorrido

Nos subimos a un colectivo de la línea 194 Plus tentadas por lo que habíamos visto desde afuera a pesar de la oscuridad interior de los coches: asientos nuevísimos y confortables, pocos pasajeros siempre sentados, cortinas… a eso se sumaba la velocidad asegurada por la escasa cantidad de paradas y el aire acondicionado.

Pero lo que más le había llamado la atención a mi hija, motivo por el cual me había insistido hasta el cansancio en que cuando fuéramos para Plaza Italia tomáramos el 194 Plus, habían sido los ojos del colectivo.

Es un detalle gracioso que tienen todos los micros de la línea: en el panel luminoso delantero, el que va de lado a lado del coche y se ubica justo encima del conductor, donde se indica a los transeúntes el número de colectivo y las estaciones terminales, aparecen cada cierta cantidad de segundos un par de ojos gigantes de color azul que se abren y se cierran para luego desaparecer dando paso a los números y las letras que brindan la información consabida.

Eso y el colorido del exterior, propio de una invitación a una fiesta infantil. El micro olía a nuevo, a viaje largo.

Comprobamos también que dentro no había ningún tipo de luz artificial y que la que entraba de afuera llegaba apaciguada por los vidrios polarizados.

Pagué los boletos, que cuestan dos pesos vaya hasta donde se vaya, y nos acomodamos en el asiento largo del fondo.

No estábamos solas, bastante más adelante iba un señor de mediana edad con los ojos semicerrados. A las tres cuadras mi hijita ya se había quedado dormida, su cabeza apoyada sobre mi falda.

Íbamos por Pueyrredón cuando vi una sombra acercándose a nosotras e instintivamente tomé a la pequeña por los hombros.

No nos habíamos detenido nunca así que supuse que era el hombre que había visto antes, el único pasajero que nos acompañaba.

Se sentó al lado y comenzó a decirme algo en un susurro (le entendí poco, eran preguntas, por qué, las dos solas, a quién se le ocurre) y lo vi perfectamente tomando a mi hija de una pierna.

Desesperada, grité pidiendo ayuda y con fuerza intenté arrebatársela acercando el cuerpito de ella al mío.

Suplicándome que me callara, el hombre se paró, me puso una mano en la boca y con la otra me tomó por la cintura y me corrió hacia el pasillo.

Comencé a arañarlo, a pegarle por donde podía.

Él se alejó de mi hija con la idea de defenderse de mis golpes y entonces la vi desaparecer, absorbida por el mullido asiento, con los ojos apenas abiertos, despertando.

Fue un instante y ya no quedaba rastro de mi chiquita, apenas algo en el aire, un perfume dulce que sólo yo podía identificar. El hombre me soltó y sin ocultar su desaliento me dijo “ya está, olvídese de ella”.

Caí de rodillas sobre la alfombra azul, todavía impecable, del pasillo.

El chofer avisó que ese era el final del recorrido, frenó y el colectivo lanzó un bufido de satisfacción.

Yanina Bouche