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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 62

Raúl Boogie

1928.

Mi abuelo era anarquista.

Mi papá, después de caminar una cuadra pisando la vía del tranvía, le dijo: -Camino por acá para gastarle la vía a los ingleses. -Raúl, antes de que se gasten las vías se te van a gastar los zapatos. La ‘Anglo-Argentina’ era la propietaria de los trenes y tranvías. Mi tío era cirujano y una mañana que vino a la fábrica desaprobó nuestro aspecto que contrastaba con el suyo.

Raúl y yo estábamos con ropa de trabajo, sucios y encerados hasta el pelo.

Raúl le dijo: -Bunge y Born. Los dos tipos que robaron en la fábrica encañonaron a Raúl, lo llevaron a la oficina, y encerraron a los tres empleados en el baño del fondo.

Apoyó los anteojos en el escritorio, según él uno era buen tipo, y les dijo: -Trabajen tranquilos, -puso la billetera al lado de los anteojos- plata no hay, tengo una boleta de Prode y podemos jugarla a medias. Raúl siempre tuvo proyectos. En su infancia le quería poner cadenas a las ruedas del mano móvil para andar por el barro sin empantanarse.

Después de los primeros intentos mi abuela lo hizo entrar, bañar y cambiar de ropa.

Enseguida él volvió al trabajo, al barro y las cadenas.

Mi abuela volvió a hacerlo bañar y cambiar. Después Raúl volvió al mano móvil y a embarrarse.

Mi abuela lo hizo bañar y cambiar de ropa por tercera vez. Y por tercera vez volvió a su proyecto, las ruedas de su mano móvil. Entonces mi abuela lo mandó a dormir.

Raúl siempre se automedicó.

Esa confianza que irradiaba hizo que Pellegrini le contara que le dolía el pecho, estaba mareado y le molestaba el brazo.

Raúl le propuso ir al hospital, pero Pellegrini no quiso.

Entonces le tomó el pulso y lo hizo entrar en la oficina.

Cerró la cortina para que entrara menos luz, encendió el ventilador de techo y trajo agua en un vaso.

De uno de los cajoncitos de su escritorio sacó una de las pastillas que tomaba para la presión, la partió por la mitad y se la dio.

Después le dijo que se quedara un rato ahí, sentado.

Salió y cerró la puerta. Pellegrini confió. A la media hora se sentía mejor y se fue. Raúl decía que se había jugado, pero que lo había salvado de un infarto. Raúl me pedía que lo acompañara al fondo a inflar las bicicletas.

Tenía un inflador viejo, de su juventud.

Mi trabajo era sostener la manguerita del inflador en los picos de las ruedas para que no se escapara el aire.

Cuando se escuchaba un chirrido agudo era que el aire entraba, si el sonido era fofo era que no, que se estaba escapando. Solo él podía hacer funcionar a ese inflador, incluso sin ayuda.

Por años creí que inflar bicicletas, todo ese aire que entraba a las ruedas y el que se escapaba, eran las responsabilidades de un padre y me preguntaba cómo iba a hacer cuando fuera padre si no conseguía un inflador mejor. Raúl (1921-2011)

Juan Guastavino