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Número 62

Suerte divina

“Lo mató un caño” me dijo el Cabo Primero Álvarez a medida que traían en la camilla el cuerpo cubierto con la bolsa.

“El viento fuerte lo arrancó de un toldo del décimo piso” continuaba diciendo mientras me ponía con dificultad los guantes de látex.

En otra época, cuando se escuchaba el óxido en las ruedas de las camillas, ningún Cabo u Oficial daba explicaciones.

Y ahora después de treinta años de estar acá, me cuentan de las posibles causas de muerte esperando mi consentimiento.

“Le perforó la cabeza a este hombre que caminaba por la vereda”, fue lo último que le escuché decir cuando le cerré la puerta en la cara. Hacía tres días que al flaco pantera le habían dado la libertad condicional.

Después de cinco años de estar en la cárcel por razones que no quise leer, tenía la oportunidad de volver a la ciudad.

Ahora está acá y soy el responsable de cerrar su causa en el expediente. En el cuerpo del flaco pantera hay más cicatrices que arrugas.

Están las lineales que se repiten, entre una y otra a corta distancia en los antebrazos.

Por la ubicación que tienen se las debe haber provocado él.

Tiene una oblicua superficial pero larga que le divide el abdomen en dos.

Pienso que esa se la causó una deuda impaga, algunos insultos mezclados con alcohol.

La que lleva en la espalda estoy casi seguro que fue premeditada.

Es una marca de mal aspecto, irregular.

Ahí la piel está retraída y la profundidad del hueco es de dos centímetros y medio.

Estos son algunos signos de que al flaco le faltaban amigos. También está cubierto de tatuajes.

Hay uno en el borde de la nuca, como una suerte de collar casi imperceptible, que se volvió visible después de tres días de trabajo intenso.

Casi lo paso por alto.

Busqué la lupa.

Minuciosamente leí “no hay ningún dios que me pida cuenta”.

Y menos ahora, pienso, mientras escribo el informe forense, espero que llegue un familiar para reconocer el cuerpo, y después comience a gritar pidiendo explicaciones.

Laura Gibilaro