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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 62

Decíamos ayer

Odradek, hace más de cinco años, diminuto como era, pasó desapercibido en Buenos Aires (ciudad de pantomimas exageradas y declamaciones incesantes).

No llegaba a las mesas de libros, tampoco a las de los bares donde trataba de comer y tomar algo.

Se acostumbró a comer en el suelo, a pasar por debajo de las puertas y a superar la indiferencia de quienes lo olvidaban en una mesa después de mirarlo con alguna curiosidad.

Odradek lo quiso así, por eso no cultivó ningún espíritu de venganza. En una ocasión a Odradek le ocurrió algo extraño.

El torneo de amenazas y escaramuzas con máscaras bizarras y carpas en las plazas, que protagonizó el campo y el gobierno argentino, le facilitó la observación de las costumbres más arraigadas en nuestro país.

Montó su carpita en la plaza del Congreso, se puso entre los agrarios y los urbanos como un mediador silencioso.

No olviden, dijo, que la sangre derramada siempre será negociada.

Por la letra “k” en su nombre se lo acusó de trabajar para el gobierno, por su viaje al campo se dijo que había negociado con la Mesa de Enlace.

Sin temor y sin esperanzas, Odradek siguió su tarea de esclarecer a los desorientados, de ilustrar a los ignorantes: dio lugar a los zombis, al ocio de las bibliotecarias, a la búsqueda de vivienda, a los sueños secretos de algunas mujeres, a los mensajes en clave de un doctor en física.

Investigó qué se ocultaba detrás de El otro Joyce, estuvo a punto de develar la verdadera identidad del profesor Roberto Ferro. Incluso, cuando ya sólo se esperaba la rutina de la literatura del yo, descubrió el sorprendente libro titulado Las tetas de Perón, que sigue inédito, quizá por los temores supersticiosos que despierta su trama. Después de sus años en esta ciudad Odradek aprendió un castellano básico, como el que se usa en nuestros ambientes cultivados, con un rosario de eufemismos impuestos por una política que propone cambiar el nombre de cualquier cosa molesta que no se pueda cambiar.

Nada de Leo Strauss y su escritura en épocas de persecución.

Ya no soñaba con Praga, aunque había fracasado en su intento de hacer una banda de rock nacional; ya no soñaba con Praga aunque había fracasado cuando trató de entrar entre los salteños para alterar sus queridas zambas.

Apenas recordaba una noche de niebla cuando abandonó Praga a medida de los nazis se iban instalando.

Aunque sabía que era inmortal y que cada uno de esos nazis estaría bajo tierra mientras él seguía su vida, no quería estar en una ciudad donde podía encontrarse con semejante gente.

Además, había terminado por gustarle el tango y las vociferaciones colectivas; también había llegado a la Academia de la mano de Ezequiel el Groso, una erudita promesa de la critica argentina.

¿Qué más podía esperar, qué más podía querer?

Germán García