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Número 5

Sin vuelta

A su hermano lo mataron unos carabineros que patrullaban la ciudad, una madrugada del mes de junio, sin mediar palabra -dijo un testigo ocasional que no se atrevió a comprobar si estaba muerto-. Algunas veces imaginaba que estuvo horas, que se desangró hasta el amanecer.

Otras, que murió de manera instantánea, que murió sin decir palabra, sin recordar a nadie, ausente de su cuerpo como un espíritu. Su hermano no era militante, sólo se ocupaba del piano con el que se ganaba la vida en algunos lugares bailables frecuentados por los noctámbulos de Santiago.

Esa gente de la noche era conocida por los guardias de seguridad, por los policías de civil que se mezclaban con los clientes.

No, no era posible que lo hubiesen confundido con alguien.

“Las órdenes vienen de arriba”, le dijo un integrante de la orquesta.

“Arriba” era una sola persona, arriba era una imagen en el televisor.

Mascullaba unas palabras, unos lugares comunes lisonjeros mezclados con intimidaciones indirectas.

Estaba con el uniforme, con unos anteojos negros que resultaban absurdos para alguien que lee su discurso. Su madre le dice que aunque le quedan los otros hijos esa pérdida no tiene consuelo.

Para ese criminal no importa -dice- puede matar todos los chilenos que quiera, siempre nacerán otros.

Pero a mi hijo no puedo sustituirlo por nadie. Por la noche se encontró con los compañeros, antes de ir a ver a su novia, recibió condolencias y gestos de resignación.

Eso seguiría hasta que al de arriba se le ocurriera morir.

Y muertes como las de su hermano, ínfimas y anónimas, nunca le serían imputadas de manera directa.

“Excesos” ocurrían cada noche.

La juventud de los que integran la patrulla. Su hermano era joven. Al cruzar la avenida solitaria vio a un soldado parado frente al bar Pablo.

Cruzó a su lado, el otro le pidió fuego.

Al acercarse, metió la mano en el bolsillo derecho, con rapidez pasó el brazo izquierdo por el cuello y lo atrajo contra su cuerpo, mientras le hundía una navaja en el pecho. Uno menos por noche -le dijo, mientras el otro se deslizaba de rodillas- hasta que tu jefe tenga la dignidad de morir. Le dijo a su novia que había ayudado a un herido en la calle, que le diera otra camisa. Bajo la ducha, con la sangre que se diluía sobre su cuerpo, creyó entender que no sólo había matado, sino que había jurado seguir hasta que muriera el otro, el de arriba.

Germán García