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Número 61

La vida es un adiestramiento intrínseco

Hay que ser medio lagartón para, de la noche a la mañana, pretender cortar lazos con todo el mundo -quiero significar con familia y amigos, incluso con los más apegados, sumando a Ulysses, mi fornida mascota perruna-, por una arrogante necesidad de estar solo, sentirse solo.

Caray amigo, pronuncié en voz alta con mi lengua bífida para oír aunque sea una voz; por ese motivo nadie llama, nadie te dirige mensajes de texto, nadie envía correos personales.

Por lo visto era lo que pretendías, me confesé, aislamiento en la primera acepción de la palabra, que no asegura tranquilidad ni mucho menos, porque la cabeza sigue activa y se dedica a pensar y acaso resulte más incómoda la circunstancia que estar mal acompañado, y en ese tema puedo dar cátedra.

Igualmente es imposible de lograr una absoluta soledad, no quedan islas desiertas, en todo caso hay que recurrir a las interiores, afirmé con la razón que me proporcionaban mis propios dichos, ¿no es así? Quizá este menudo servidor ensayaba ordenar su vida desde otro espacio, sin la exigencia de ofrecer explicaciones, rendir cuentas, estimar consecuencias; oteo que resultó del principio al fin desacertado, rapón.

Entonces empecé a hablarme, o a reconocer que me hablaba y claro, también a contestarme, primero mentalmente, pero después -quiero especificar con el correr de horas, días, semanas-, ya este batracio de última generación murmuraba una saga infinita, monocorde, recitativa, al punto que llegué a discutirme hasta en sueños, donde aparecía travestido como único interlocutor o mejor dicho interlocutora.

Paparrucho, si es peor el remedio que la enfermedad, hubiese acotado mi abuelita, con la cordura que en contadas ocasiones proviene del sentido común.

Saratustra quedó hecho un poroto, apunté sin haber escrito ni medio de mi triste experiencia, que era una de las finalidades o excusas para justificar semejante clausura, volviendo al continente como Ulysses, con la cola entre las piernas.

Sergio Fombona