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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 61

Sótano Soul

A mitad de cuadra, entre dos puertas de chapa martillada, forzadas a bajar, en invierno, a las 6, 7 de la tarde, desde una profundidad que recién no estaba, sube una luz naranja, clementina, buscando la salida hasta la vereda.

La ciudad se retira, viene otra en su lugar.

Se hacen visibles papeles recién mordidos, restos beige, imperdibles abandonados, bucles de la basura, rastros que raspan las aceras infinitamente.

Sótano Soul, vertical, meciéndose apenas, girado hacia un costado, se enciende por encima de la gente, de la prisa que los lleva a tomar el colectivo o el subte mientras corren por la cima del puente entre una y otra ciudad. No hay música aún, por momentos la luz que sube es apenas un hilo que se deshace, pulverizándose continuamente en la superficie.

Baba coloreada emergiendo en cámara lenta de un cubículo de proporciones oscuras.

Apenas un sonido de sillas barnizadas patinándose por sus respaldos de las manos de quien simula sobrellevar su flojera, pero no alcanza siquiera a registrarla.

Una noche sucede a la otra, sin un buen descanso, y aunque la mañana espere cristalina la justificación de una sonrisa que aparezca de la nada, el café va envejeciendo en la jarra, turbio, mezclándose con su propio sedimento, una borra seca y ácida. El hombre que maniobra con sillas, también con mesas, tiene la mitad de la camisa suelta sobre el pantalón.

Pasa el tiempo imaginando espacios donde no hay más que rincones, se encomienda a los márgenes de las horas para terminar su tarea y no termina nunca.

Se le escurre el día, cada día, entre un florero con pegatina de pétalos sueltos y un vaso cayendo. Pero hoy ha decidido quedarse entre los que no se fueron.

Suelen ser una cantidad incalculable, solapadamente numerosa.

Inconexa.

Quiero decir, no siempre son los mismos, son y no son.

Nora Martinez