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Número 61

Elogio de la lectura

Leo -dice Elsa- hace dos días que quiero mandarte a la biblioteca a buscar ese libro. ¿Qué libro? Ese de cuyo nombre... ¿El Quijote? No, el Tratado de Hidroterapia. ¿No será el Método de Hidroterapia o mi cura por el agua aplicada durante mas de 35 años y escrito para el tratamiento de los enfermos y para guía de los santos, de Monseñor Sebastián Kneipp, camarero privado de SS.

León XIII y cura párroco de Vörishofen? -Sí, ése. Cuya versión española de la última edición alemana es de D.

Francisco G.

de Ayuso, catedrático de alemán, editada en Barcelona por Herederos de Juan Gili Editores, en el año 1941. -¿Por qué te acordás? Porque lo tengo y puedo leer: Como sacerdote me interesa, sobre todas las cosas, la salud de las almas inmortales.

A ella he consagrado mi vida y ha de ser mi preocupación hasta la muerte. -Dámelo. -Estas palabras, oh madre, las escribió el autor en Wörishofen, Estación de Türkheim, en Suabia el 1º de octubre de 1886.

Y antes de la fecha escribió: Ante todo pido bendición del cielo para el librito que va a emprender la peregrinación por el mundo; y cuando yo haga el viaje a la eternidad, que mis amigos y propagadores de mi sistema hidroterápico me envíen en un fervoroso padrenuestro un bálsamo refrigerante, allí donde el Médico de los médicos cura y purifica, en el fuego, el alma para hacerla digna de la vida eterna. -Es adorable. -El librito llegó hasta aquí, ¿no es milagroso, oh madre?. -No, Leo.

Tu padre si viviera te podría explicar las luchas de Gutenberg. Elsa se va con el libro y la hermana aparece dejando carpetas sobre la mesa.

Piel sedosa. Ese amigo de ustedes, hijo, los vino a buscar.

Vayan aunque me quede sola. Ve por la ventana al coche rojo, salta sobre la parte trasera y contra el asiento para no separarse más del nylon, no volver a abandonar ese contacto con el Alfa Romeo. Elsa (sola) se cruza de piernas simulando la serenidad de la mujer que lee.

Sentada y sin mirar nada lee: “Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la Epístola, y acudió a su valija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de la Carta”.

Cuando lee esto sus piernas tiemblan y las manos dejan de sostener el libro que ve caer.

Aún se repone y se pregunta que relación extraña hay entre una Carta y una Epístola.

Al mirarse (turbada) en el espejo vuelve a su dilema de foco, lámpara o lamparilla.

Y lampazo. Ahora tiene otro libro y lee: “Los juicios connotativos, tal como lo muestra Carr, señalan la actitud frente a una persona o cosa, mientras que los juicios afectivos indican cómo la persona o cosa nos afecta a nosotros; sentimos gusto o aversión, mientras que la persona o cosa es placentera o no”. Necesita a Leo para las grandes lecturas, sale al patio y sube a la terraza de plantas olorosas.

Necesita a Leo para discutir las paradojas que vienen, es un decir, desangrándola.

Poniéndola en relación con esas cosas que cada día cambian de color, se mueven, permanecen. Para qué la presencia de ese muerto, oh Leopoldo.

Para que tantos oh. Ahora está inmóvil con su cuerpo que se balancea y arriba una luna fija, un farol sin fuerza.

Se confunde con tantas f.

Germán García