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Número 60

Perrada

Ocho perros fueron los que tuve.

Consecutivos o paralelos.

Todos eran guachos, con morfologías y tamaños inusuales, salvo un salchicha que me regaló una novia.

Cultivó poco tiempo el físico por el que se reconocía a su raza.

Comía todo el día, cualquier cosa, y siempre parecía hambriento.

Cuando terminaba con su alimento, gorroneaba junto a la mesa; entonces ponía la cara más triste del cosmos.

Luego les robaba a los otros perros y animales de la casa, incluso al hámster.

Por último, bebía el agua de los camalotes de mi madre, y acompañaba los tragos con hormigas negras que crujían entre sus dientes.

Los veterinarios nos dijeron que con esa obesidad podía llegar a tener problemas con su columna vertebral; nunca los tuvo.

Un buen día, dejó de caminar; la barriga impedía que sus patas se apoyaran lo suficiente en el piso.

Comenzó a rodar; así llegaba de forma extraña hacia sus presas; las dejaba anonadadas, encandiladas.

Se comió varios pájaros y mamíferos de la casa, incluso a uno de sus congéneres, una pequinesa medio ciega que no lo vio llegar en su traslado lateral.

Lo último que hizo antes de que lo sacrificáramos fue devorarme los brazos.

Los extraño mucho, sobre todo aquel con la mano con la que escribía.

No me deprimí, no caí en la desesperación.

Me dije que cuando aprendiera a teclear con la lengua, contaría la maldita historia del perro hambriento.

Sebastián Pons