ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 60

Cóctel

La dejó pasar.

A ella, a su mujer.

Que tenía vaya a saber qué coctel a la salida del trabajo y necesitaba usar otra vez el baño esa mañana.

Entró apurada, apretando en el puño cerrado el estuche de las lentes de contacto y el de los maquillajes, al mismo tiempo sujetando la toalla en la cabeza y un cigarrillo con la ceniza suspendida, ella también, sí, la mujer, como en el aire, con el secador de pelo o la planchita, sin rozar siquiera la puerta.

Él volvió a la habitación, entonces, con la afeitadora, dispuesto a usar el espejo de la cómoda, pero ella, que se lo imaginó perfectamente, parado frente al espejo con la boca estirada hacia un costado, la cama de fondo, reflejada, revuelta por el apurón de la mañana y el nerviosismo del día por delante, le gritó: andate al lavadero, mejor, que voy a necesitar el cuarto para cambiarme. A él también le vino la imagen de ella, con el vestido y el saco esperando tendidos sobre la cama desarmada.

El saquito coral apenas caído sobre los hombros, la sonrisa demasiado ancha, y el vestido claro dejando ver su escote de piel tersa y tostada, que algo de mimbre siempre le trae a la cabeza y a la punta de los dedos.

De sus dedos.

Sólo a los suyos. Ella farfulló quiénes irían, dónde, con el aire soplando contra un broche que sostenía con los dientes, qué pesado una reunión tan tarde, estos compromisos… ¿En serio no querés el auto? No, de verdad no, le dijo ella.

Salió él en el auto, hacia el trabajo, pero no pudo evitar seguirla, investigarla, el que busca encuentra se animó, y también se advirtió, el que sabe, sabe.

Un sol laminado se había adherido a las calles, a los barnices de los objetos, a las cabelleras tal vez algo rígidas de las personas (se negó a llamarlas transeúntes, le pareció una palabra difícil para usar temprano).

El verano marchaba ya sin fuerza, frenando un irse incierto, a veces cálido.

Brillaba descolorida la mañana.

Sin embargo refulgió el coral entre los árboles de su mente, la tersura del mimbre rasgó su hábito de pensar la nada, es decir, de pensar todo antes de tiempo, aquello que de tanto temer que suceda termina en condominio con el deseo más intenso.

Tanto esmero puso en imaginarla, sorprendida, lejos, ocupada con los otros, yéndose, que cuando apareció delante de él tuvo que frotarse la frente como si estuviera tratando de salir de un mal sueño.

Pero ella –sólo ella- estaba ahí.

El pelo lacio, recto, tan callado como su boca, y él, tal cual se lo esperaba, con la mano cruzando el rostro para generar un tabique tras el cual apoyar el ojo, la mirada que cubre y que descubre.

Que sea la última vez que me seguís, oíste, por qué no me creés, hasta cuándo, claro que la oía y se felicitaba por haberla atrapado, hacer que regresara, tenerla de nuevo, otra vez para siempre.

Nora Martinez