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Número 60

Cómo dejé de preocuparme y aprendí a amar los géneros

Para Max Los géneros (menores, mayores, populares, pictóricos, literarios) suelen ser una fuente siempre inagotable de placer intelectual.

No radica este placer en la sensorialidad (ver la evisceración de un adolescente, leer la destrucción del mundo, sentir la restauración del orden universal en el beso de los amantes reencontrados), aun si ese es uno de los motivos principales por los que los consumimos géneros. Pero esos placeres son notablemente literales, refieren a la factura específica de uno u otro texto y puede, por lo tanto, disfrutarse por fuera de sus constricciones genéricas.

Por el contrario, el placer específicamente genérico es un trabajo de puesta en relación, el descubrimiento de un mismo paradigma y la relación tensa que toda actualización mantiene con la historia de sus formas. De ahí que el placer específicamente genérico sea siempre una cuestión de detalle, de variación mínima de lo que para otros lectores suele ser igual a sí mismo.

La admiración que muchos tenemos por una película como Duro de matar (1988) radica menos en el hecho de que el héroe termine imponiéndose sobre los malos (cosa que, por supuesto, también disfrutamos), que en el hecho de que el líder de los ladrones sea un hombre con extraordinario sentido del humor.

Esas variaciones, claro, constituyen el corazón de la lógica genérica y su despliegue sólo puede ser percibido en el tráfico constante con esa lógica degrada que llamamos “cine de acción”. Si se lo piensa de este modo, un género es un campo asubjetivo de operaciones, un complejo sistema de remisiones y transformaciones cuya entidad sólo puede concebirse al costo de una precaria (porque siempre hay un texto más en el género, su estructura es siempre la del exceso) pero altísima abstracción.

Cierto es que la teoría del siglo XX nos ha enseñado que toda discursividad construye discontinuidades y que nunca es el sujeto mismo que conocemos en “la vida real” el sujeto que escribe.

Y sin embargo, nuestra experiencia cotidiana suele anclar el estilo de un autor en la subjetividad y el campo de operaciones que define al estilo en una psicología (Hitchcock se explica por su catolicismo, Borges por su pertenencia de clase). Nada de esto sucede con los géneros.

Sin origen, producto de una cesura que los presenta constituidos, los géneros son siempre el trabajo de una comunidad entre lectores y artífices, un conjunto de textos desde siempre sin autor.

Siempre será pertinente, pues, una cierta lectura genérica, porque el pensamiento genérico es siempre el pensamiento de la diferencia sin origen, del paradigma que excede al sintagma, de una potencia definida en el azar de su actualización presente. No sorprende entonces la atención a los géneros que puede encontrarse en todos los grandes estilistas modernos y contemporáneos: Flaubert, James (quien señaló que “los géneros son la vida misma de la literatura”), Brecht, Borges, Calvino, Godard, De Palma, Breton.

Todos ellos pensadores de lo genérico, de la imprevisibilidad en la que la escritura de la comunidad se cruza con la fuerza brutal de la historia.

Ezequiel De Rosso