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Número 60

El hombre y el lobo

Un pequeño anciano está sentado al pie de un árbol.

Lo rodea un desierto con médanos y yuyales dispersos.

Está desnudo y en su piel arrugada y adobada, hay rayadas heridas con sangre seca.

Abraza sus piernas y apoya su cabeza en las rodillas.

El calor oprime su silenciosa realidad, pero le importa menos que su sombra yerta que se estira por la arena.

Piensa en todas las veces que soñó ser un pájaro, y que no ha visto uno en muchos días.

Los pensamientos llegan cansados y sombríos, como una neblina gris. Lo abordaba un nuevo pensamiento –uno de serpientes que se enroscaban en sus piernas-, cuando apareció el lobo.

Enseñaba los dientes, pero no parecía ser de amenaza.

Rodeó al anciano hasta cruzar por detrás del árbol, y volvió hasta ubicarse frente a él.

Fue allí, donde el anciano lo oyó reírse. -De qué te ríes- masculló el anciano. -¿Es qué no se permite reír, hombre? El anciano no contestó.

Miró hacia un costado como si no lo hubiese escuchado y se mantuvo con la vista perdida hasta molestar al animal ignorado. -Me río de este mundo, hombre, ¿es qué nunca se río de este mundo? -Nunca, ahora vete. -¿Es una orden?- preguntó el lobo, y volvió a reír.

Lo hacía, como quien conoce un secreto que lo hace poderoso.

-Déjame solo- dijo el anciano, ahora separando sus brazos de las piernas y sacudiéndolas con ademán de desprecio.

-No me iré a ningún lado, hombre.

He vagado demasiado por este desierto, bajo el sol abrazador, buscando algo que ya he olvidado hace horas.

No sé si era carne, o sombra para recostarme.

En cualquier caso, no dudo que he encontrado las dos cosas.

-¿Entonces seré tu comida? ¿Es sólo eso? -¿Te parece poca cosa, hombre?- preguntó el lobo- Hay destinos menos prósperos.

¿Es posible que te defiendas? -Ya no tengo muchas fuerzas.

Los años y este desierto ya me han comido mucho antes que tus dientes.

En otra época hubiera peleado contigo y no te encontrarías en este posición de zozobra.

El lobo lo miró desafiante. -Pobre anciano.

Así es como declina un hombre, aferrándose a sus últimos días, luciendo cabellos blancos y recordando su pasado como si fueran relatos que otros le han contado.

Aprende de mí, que vivo la eterna vivencia del instante.

-No puedo hacer eso.

No soy un animal. -¿Qué te hace diferente a mí, hombre? Comes, respiras, y al morir vuelves a la tierra.

No somos tan diferentes.

Ahora serás mi alimento, como otros animales fueron los tuyos.

El anciano pareció no escuchar las últimas palabras y se miró las manos como si escondieran una revelación.

-Me matarás creyendo que matas a todos los hombres- dijo sin dejar de mirar sus dedos huesudos.

–En ese error reside nuestras diferencias.

El lobo, que acaso sintió una ofensa, se acercó con vehemencia al anciano y comenzó a desgarrar la piel.

José Ignacio Alonso