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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 60

Una vez sola

De entrada me dijo que no, que dejara de hacerme ilusiones.

Pero no me hacía ilusiones, nada de eso.

Estaba suspendido en una espera, no importaba lo que hiciese ni lo que pudiera pensar.

Esa espera me atravesaba, me sostenía fuera del tiempo.

Una vez y nada más. No. Pasó una eternidad antes de aquel momento en que una prenda íntima, común y única a la vez, resbaló por sus muslos y llegó diminuta a sus tobillos.

Ahí estaba, contemplaba inmóvil ese pubis brillante que había intentado adivinar, incluso imaginar sobre mi propio cuerpo ocultando el sexo entre las piernas.

Era muy diferente, aquel triángulo sedoso en nada se parecía a la pelambre torpe que había entre mis piernas. Murmuré su nombre, me incliné sobre su cuerpo y apoyé mis labios en su cuello.

Un temblor, que respondía a su temblor, pareció recorrer mi cuerpo.

Ahora estaba con ella, estaba en ella.

Fue también una vez que quiso revocable.

Ya no era posible, no me dejaba en ningún momento. Era su nombre, bastaba recordarlo.

Era su nombre lo que no me abandonaba.

Se lo expliqué y volvimos a estar juntos en una penumbra donde divisaba su silueta que caminaba por la habitación y se revelaba por un instante al cruzar por la luz de la ventana abierta a la transparencia de una cortina que parecía hecha de la misma tela que en ese momento acariciaba en la cama. No tenía salida.

Algunas veces sonreía, algunas veces me acariciaba.

Pero todo ocurrió una vez, siempre una vez.

Siempre la misma, una vez y nada más.

Germán García