ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 60

Siesta en el barrio cordobés

La abuela miraba siempre desde el aljibe, miraba, mientras barría, o hacia pan para untar el puchero.

Nunca se pregunto el porque, ella había tenido también las piernas cuando chica apretadas, y le había dado de comer un par de puñetazo a uno de esos animales domésticos que no hacían más que ensuciar los patios.

La niña, en el fondo, sin pensar, apretaba el rastrillo que la traería con los años, a un matrimonio feliz, después que coincidieran los animales domésticos, y los atributos del sexo con su marido.

El hecho consistía en reventar lentamente la panza, la guata hinchada de un sapo “si el sapo te mea vas a quedar ciega” escuchaba en la vos de su abuela. -Tendré que morirme de hambre pensó- Mientras con la punta mas filosa, apretaba contras las hojas secas, en el costado del pozo, el sapo movía sus patitas, y ella esperaba el meo, con la cara distanciada. Si apretaba más, el sapo hinchaba sus ojos, entonces la niña comprimía lentamente sus piernas.

La punta iba clavándose en la piel como los dedos de los cirujanos en el caldo reseco de sus pacientes.

El camino más largo que había recorrido la niña en su vida, fue sin duda la extensión de la piel de aquel sapo, esperar con postura el anuncio de su abuela, proponer los ojos al tiempo de la agonía, suspender el hambre para esperar la muerte, amar el ultimo momento laborioso de aquel sapo como al cadáver en el frío de plena siesta en el barrio cordobés.

Yanina Molina