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Número 60

Rico a los seis

La Universidad de Chicago acaba de publicar la tesis de doctorado del economista norteamericano Jeffrey Douglas Thompson III. Allí expone las conclusiones acerca de una experiencia de campo: en una estación de tren conoció a un niño esmirriado, de rostro agradable, de seis años de edad.

Ese niño habitaba una vivienda precaria ubicada en un villorio de la zona sur del conurbano bonaerense con su madre y sus siete hermanos. JDT III lo convirtió de inmediato en investigador asociado.

El primer día los investigadores eligieron un semáforo de los más lentos en quitar la luz roja, para que el niño –a quien nombra Ernesto en forma ficticia- pidiera monedas a los automovilistas.

Ernesto circulaba entre los automóviles detenidos con un pequeño trapo mugriento y hacía un gesto que podía interpretarse como una oferta de limpiar el vidrio o bien una amenaza de ensuciarlo a cambio de alguna moneda. Se impusieron dos turnos de cuatro horas con un corte para degustar un refrigerio liviano.

En el primer turno recaudaron ciento cuarenta pesos, lo que representó un promedio de un peso con setenta y cinco centavos por semáforo, considerando que el ciclo rojo, amarillo, verde, amarillo, tardaba en total tres minutos.

Por la tarde la recaudación ascendió a ciento sesenta y tres pesos, o sea un promedio de dos pesos con tres centavos por semáforo.

Al día siguiente Ernesto probó suerte pidiendo dinero en los colectivos, ofreciendo unas estampitas que JDT III le facilitó.

La cosa funcionó mucho mejor.

El colectivo protegía de las inclemencias climáticas, eran varias las personas que podían contactarse al mismo tiempo, Ernesto estaba ahora del lado de adentro de las ventanillas, no había riesgo que niños más grandes o mas valientes lo corrieran de la esquina, ni competía contra la pena que despertaban malabaristas, poetas, tullidos u otros artistas de variedades.

Además le dejaba tiempo libre a JDT III para levantar estampitas en los distintos templos de la ciudad. La recaudación del primer día ratificó la decisión de los investigadores de continuar la experiencia en los colectivos.

Cada estampita se cambiaba por dos pesos, el tiempo calculado en subir, recorrer el colectivo dejando las estampitas sobre la falda de los pasajeros y volver a recogerlas debía ser no mayor a los seis minutos, y luego Ernesto se treparía inmediatamente a otro colectivo, en menos de un minuto, con lo que el tiempo total asignado para cada colectivo era de siete minutos, es decir unos treinta y cuatro coches por turno de cuatro horas.

La recaudación del primer turno fue de doscientos cinco pesos, lo que dio algo así como seis pesos de promedio en ese turno, que se mantuvo técnicamente equilibrado con el de la tarde (apenas siete centavos más por colectivo abordado). Con cuatrocientos diez pesos diarios, a razón de veinte días hábiles por mes, Ernesto podía redondear la suma de cuatro mil cien pesos mensuales.

Ahora debía dejar su casa para evitar que su madre o sus hermanos le descontaran parte de la ganancia.

También evitaría la escuela que lo obligaría a perder una cuota de su tiempo y de sus recursos en material escolar.

Ernesto podría pernoctar en algún sitio gratuito destinado a tal efecto, por ejemplo en la calle, tal vez en la recova de la Avenida Alem y alimentarse requiriendo, en sus ratos libres, sándwiches en los bares del bajo. De suerte que en un año tendrá ahorrados unos noventa y ocho mil cuatrocientos pesos. continuará… traducción de Roberto Gárriz

Roberto Gárriz