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Número 60

Las enseñanzas de Pinocho

Se supone que la infancia es ese lugar, resguardado, al que volvemos.

Un refugio sagrado, un espacio feliz, ya que su evocación, afirma Salvador Elizondo, intenta reactualizar ese mundo “mediante la concreción del recuerdo de las sensaciones experimentadas durante ese período.” Evocación necesariamente incompleta, y por ello, nuestras vueltas a la infancia, son siempre una suerte de pasado polaroid.

Correteábamos libres en plazas mientras el sol se colaba por las copas de los árboles otoñales; nos ensuciábamos con chocolate la ropa de domingo, porque ensuciarse hace bien; patinábamos desafiando al viento en las veredas infinitas de la cuadra, en la que los raspones no dolían; y así, de alegría en alegría llegamos a ser los adultos de bien que somos hoy. Esto se debió a que nuestra infancia estuvo acompañada de múltiples espacios interconectados de formación: la maestra, a la que debimos obedecer sin cuestionar; el club al que fuimos enviados a ser entrenados, las películas que fuimos llevados a ver que nos enseñaron los valores que hoy profesamos y defendemos.

Esas acciones son las que compartimos con nuestros hijos cuando los ponemos frente a nuestra infancia, cuando los ponemos frente a, por ejemplo, Pinocho película paradigmática… Pinocho es un muñeco especial, qué duda cabe.

El argumento lo rodea de un padre putativo, de amigos animales, de objetos que cobran vida, de un Hada Azul, y de Pepe Grillo que asume la tarea de ser la conciencia del muñeco.

En esa tarea, Pepe, fracasa una y otra vez, ya que nunca está en el momento en que Pinocho debe decidir. Así y todo, el conflicto se produce recién cuando el lignario protagonista se deja influenciar por las malas compañías, demostrando que su voluntad no es de hierro.

Tremenda cantidad de recursos invertidos no pueden evitar que el más ramplón de los obstáculos haga tropezar a Pinocho.

Finalmente, después de todas las peripecias el premio ofrecido es convertir al muñeco en un niño de verdad.

¿Qué clase de premio es ése? Niño normal criado en una familia monoparental, con un padre anciano, depresivo, de escasos recursos y –al cabo de la película- en medio de una difícil recuperación de una neumonía.

Acaso la enseñanza que deja la película es que si bien la vida puede enfrentar a un niño con enormes dificultades, también puede que lo compense con la amistad de un hada poderosa y que se le otorgue una conciencia frágil. Así pues, parece que la infancia es el recuerdo de algo que no existió, una evocación que nos hace sentir seguros y protegidos… Roberto Gárriz y Mónica Kirchheimer, desde la carpintería en la que los milagros pueden suceder.

Mónica Kirchheimer