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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 59

Hechos privados

Esteban estaba convencido que Julia le era infiel.

Tenía ese pensamiento desde que su mujer comenzó a salir a horas extrañas, por ejemplo, durante la siesta.

Le decía con soltura “mi amor, voy a dar una vuelta por el centro y vuelvo”.

Esteban no dejaba de pensar en Julia, en lo que hacía, con quién estaba. Lo que él no sabía es que su mujer paseaba o miraba vidrieras.

A veces se compraba ropa, algo de lencería, maquillajes.

Pero sus preferidos eran los libros.

Entraba a dos o tres librerías, compraba varios a la vez y se sentaba a tomar un café con coñac en el bar de la esquina de Colón y Cañada. Julia pensaba que Esteban era fiel.

A ella no le molestaba que él regresara después de la una de la noche.

Él le explicaba que “aumentaron las demandas por maltrato laboral y no damos abasto”. Hace más de cinco meses que Esteban decidió vengarse y comenzó a tener un affaire con la secretaría de su estudio.

Maribel se reía sin motivos, la piel olía a aceite de almendras y no era expeditiva en el trabajo.

Cuando se encontraba con su amante sólo pensaba en su mujer y en los expedientes que se acumulaban en la oficina.

Julia no dejaba de comprar libros.

Fue así como primero llenó la biblioteca, después el comedor hasta que la cosa avanzó hasta la cocina y el baño de servicio.

Perdió interés por las actividades de la casa y por las reuniones con sus amigas.

Apilaba los libros a diferentes alturas.

Cambió las mesas de luz por tres pilas de quince libros, ya para el televisor necesitó como cien.

Inventaba con ellos formas extrañas: una mesa ratonera para el living, libros en collage colgados a cada lado del pasillo.

Algunos los usaba como apoya vasos y unos pocos como anotador al lado del teléfono.

A medida que Esteban regresaba a su casa más tarde, Julia aprovechaba a leer durante más tiempo. Ahora son las tres de la mañana, me estoy durmiendo, y Esteban está borracho.

El último fondo blanco de la botella lo dio después que me contó que: decidió dejar a su amante, volver a dormir al lado de Julia, y ponerse al día con el trabajo.

Esos eran sus planes antes de pedirme que le alquile una habitación en la pensión porque los libros y los expedientes no lo dejaron entrar.

Laura Gibilaro