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Número 59

Wu wei

“Voy a la página despojado de todo aquello que creo saber por anticipado y la página me cuestiona una vez más”.

La voz de Néstor Sánchez grave, solemne en su hablar pausado, en entrevista grabada por Marta Gallo en California, 1984.

“Cuando el hombre verdaderamente intuye, es decir ilumina zonas de comprensión a las que no tenía acceso antes por las limitaciones de su propia vida, se humildiza, tiende a callar” (cada coma es una pausa, respira)…”Cuando se enfrenta a un conocimiento de índole objetiva, el avatar, digamos así, subjetivo del escritor se conflictúa y de alguna manera el acto de escritura se convierte en una especie de vanidad”. No tengo página en blanco sino pantalla de laptop cubierta de archivos.

No soy libre ni tengo poder (la libertad y el poder como yin y yang: uno dentro del otro en minoría y en potencia).

Se precisa poder para desacatar, para ser libre.

El poder de librarse de todo, de la religión, de la literatura, de la religión de la literatura. Claro que es insensato vivir tipeando palabras en una computadora sobre una silla baja desde la que me encorvo sobre la mesa, con la columna en escoliosis, una joroba cada vez más pronunciada, los ojos quemados contra la pantalla para ganarme un euro o un elogio.

Claro que la intención de escribir en negro parece más sensata que la de escribir para ganar vida eterna.

Puede fallar, pero lo que se pierde siempre es menos que la eternidad.

Aun así, qué ridículo el afán, el ajetreo por ganar.

Quiero decir: la tentación de hacer otro texto, ensayo o ficción, o ensayo-ficción, para recibir el aplauso de una sola mano o cierta promesa de trascendencia me parece una debilidad comprensible, no un acto de poder o libertad.

La trascendencia es otra ilusión que cuando mucho durará unos años, con buena o mala suerte lo suficiente para que aquello que hoy escribo deje de ser entendido por las generaciones venideras, porque el lenguaje habrá cambiado, los soportes también, las tecnologías y los hábitos serán otros, quedarán pocos árboles para tantos libros, poco terreno disponible en el planeta sin tiempo ni eternidad… Más que eternidad, me gustaría poder quedarme simplemente quieto.

Sin hacer.

Una vez resueltos los aspectos más básicos de la existencia, comida, techo, pagadas las facturas, o sea cuestiones que implican niveles de obligación, ya que uno ha tenido que obligarse a trabajar, ¿por qué no quedarse inactivo? Bueno, siempre es justificable algún ahorro para emergencias, arreglarse los dientes, por ejemplo (justificación ante la ley: siembro marihuana para pagarme el dentista).

Por eso cuido estas plantas, cinco chicas cada vez más grandes, esbeltas, perfumadas.

Les puse estiércol de murciélago que cae todas las noches desde el cielorraso en un rincón de la casa.

Alimento para el espíritu.

En letra de Javier Martínez y versión de Pappo: “Un jardín y mis amigos/ no se pueden comparar/ con el ruido infernal/ de esta guerra de ambición/ para ganar o empatar/ prefiero sonreir/ mirar dentro de mí / fumar o dibujar/ para qué complicar”. Pero siempre hay que estar defendiéndose de algo.

Parece que hubiera una demanda de actividad, que viene desde el propio interior pero sobre todo del exterior; un nerviosismo, agitación, como que a todos los pone nerviosos que uno no esté haciendo nada.

¿Qué hacés, a qué te dedicás, en qué andás en estos días? preguntan.

Más que intromisión pública en lo privado, diría que es una exigencia de conformidad, un mecanismo automático del mercado en tanto ideología.

Te fuerzan a la exhibición o a la mentira.

Si se te ocurre decir que estás escribiendo tal o cual cosa, van por los detalles: ¿trabajás de mañana? ¿tenés horario para producir? Como a una máquina: se te exige producción.

La demanda viene de la ciudad, de las visitas.

Por lo menos en la isla nadie pregunta, no sólo por la poca gente que vive aquí sino porque sería indiscreto.

Los isleños tienden a evitar esos interrogatorios.

Cómo uno le va a preguntar a alguien a qué se dedica.

Qué va a decir el otro: “Ando robando unos motores de lancha para vender, poca cosa…”.

Imposible.

Mejor una mentira.

Hay dos preguntas que detesto: “¿qué estás escribiendo en estos días?” y/o “¿estás escribiendo”? No.

Nada.

Pero ni siquiera así se evita tener que desarrollar algún planteo, construir un mínimo de sentido.

En realidad esa nada tiene plenitud, está llena de pequeñas actividades, minimos acontecimientos, problemas diversos: uno respira, se tiende cuando está cansado, se estira cuando está cansado de descansar, siente hambre o sed, debe ir a tomar agua o a comer algo: ya está en movimiento, pero es un movimiento diríase “natural”, inevitable.

O sea, uno se rinde ante las demandas del cuerpo.

Sin contar las múltiples actividades de cualquier existencia, cambiar un cuerito en la canilla que gotea, regar las plantas o llamar por teléfono a un amigo.

Decía Roland Barthes en alguna entrevista: dado que hoy estaríamos imposibilitados de un no hacer en modo absoluto, la pereza consistiría en cortar el tiempo, diversificarlo, llenarlo de pausas y de acciones diferentes.

Pero aspiramos a otro no hacer, al verdadero.

Al que describe Allen Ginsberg en el poema Cabin in the woods: “Sentado sobre el tronco de un árbol con media taza de te El sol cae detrás de las montañas Nada que hacer”.

Yo no veo montañas desde mi casa en el delta pero este es más o menos el espíritu en que me encontraba cuando decidí abandonar la idea de hacer otro proyecto, de terminar otro texto.

Fue hace un par de meses, al comienzo del verano; ahora ya no estoy en el mismo estado de ánimo.

Ahora estoy aquí sentado tipeando palabras sobre el no hacer. Osvaldo Baigorria ______ Adelanto (fragmento) de La condición de la experiencia

Osvaldo Baigorria