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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 5

Es aquí

Esa mañana la tierra amaneció más alta.

El sol se extendió chato y de austero las casas, sobre pasando las calles tímidamente y a duras penas a través fue entrando de las verjas, en los sin jardines fuerza suficiente para s ubir por el camino de lajas y llegar hasta las puertas de entrada. Todo el día las cosas tuvieron sombra. En la casa de Agus tín se había instalado un calor recatado y oscuro.

Había algunas personas en la sala de adelante, desde muy temprano.

Transitaban en redondo, lentamente, sin detenerse demasiado, como jugando a un juego sin gracia.

Sólo el profundo perfume del café recién hecho puso una nota de presencia en el ambiente.

Entonces, cafecito en mano, se unieron todos para esperar la próxima vuelta, sin preguntar mucho, sin decir nada, sin siquiera mirar hacia donde estaba el cajón con el viejo muerto. Agustín pasó todo el tiempo en el baño del piso de arriba, sentado en el inodoro, al lado de la ventana sin cortinas que daba al frente, hacia la calle.

No quiso bajar en ningún momento.

Alguna mujer de la familia subía cada tanto y sólo lo contemplaba un rato, como para ver si cambiaba de idea.

Él segu ía con la mirada clavada en el impenetrable, impotente código de los ojitos de perdiz de su corbata.

De a ratos miraba por la ventana. Nadie iba a creerle lo que había ocurrido.

Nunca nadie lo supo.

Pero fue él, el pequeño Agustín, el nieto tan querido, solito él, asqueado de tanto ver pasar y pasar a la muerte por la puerta de su casa buscando a su abuelo; esa muerte agria y prepotente, déspota, tan llena de ira por esa ardua búsqueda, casi interminable, casi infructuosa de no ser por él, Agustín, que al verla enloquecida, desquiciada -la muerte que muerta de miedo por no encontrar al viejo, se iba comiendo a cuanto ser se le cruzara- se le ocurrió golpear despacio el vidrio, hacer un ruido apenas y decirle: “Es aquí.” Y ahí nomás arremetió la muerte con tanta fuerza que se desniveló la atmósfera.

Se vio que era un desquite, algo muy personal.

Por el sacudón, quedó la tierra levantada.

Los perros aullaron hasta olvidarse de todo. Todavía a la tardecita, había pájaros caminando por la vereda.

Nora Martinez