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Número 59

El otro Joyce

A William Faulkner, que dió letra a los narradores de nuestra lengua. Un tal Ferro, según me llegó, escribió El otro Joyce.

Cada mes de junio, desde que trabajo en el suplemento cultural de algunas de las corporaciones descubiertas, me piden algo sobre la “mítica fecha” (así le llama el jefe de redacción) en que transcurre Ulises.

Al fin, me dije, una posibilidad de ser original.

Uno de los nuestros escribió El otro Joyce y, con la debida licencia periodística, podría decir que era el otro Joyce que se esperaba desde el amague de Leopoldo Marechal.

¿No lo había insinuado Borges en alguna de sus miles de entrevistas?. Le pagué a un estudiante de letra – uno de esos que cuida no terminar la carrera para seguir en la casa de sus padres – para que trajera más datos. Sí, me dijo por twitter, existe.

Así, con cierto misterio.

Tres puntos...al parecer se llama Roberto. Astuto, no repetía el apellido.

Y, en otro mensaje, agregaba: No es biografía, ni ensayo, ni pastiche nacional.

Es una novela que arranca en estilo policial. Dos o tres días después supe que había escrito algo sobre Onetti.

La novela policial, más Onetti que aprendió de Faulkner, me hicieron recordar el prostíbulo de Ulises; modelo de sucesivos prostíbulos que aparecen en Vargas Llosa, en el mismo Onetti y en tantos otros.

Cuando desaparezcan hasta los de Río Gallegos habrá que copiar prostíbulos de los grandes narradores de América Latina.

O bien se comprarán hechos por internet: “Prostíbulo estilo Ulises, mujeres que hacen todo sin globito.

Pocas palabras y mucha acción, para novelas hot”. Al ser de un país que narró la experiencia de la pampa es imposible un Hamlet.

O bien podría ser algo frente a la eternidad de la materia, como Martín Fierro, con un dilema entre civilización y barbarie.

Civi o Ba, ¿esa es la cuestión?. Las indias en lugar de las sirenas y el héroe atado al caballo que alcanza a murmurar: “Tira más un pelo...” Habrá fiestas bárbaras, escaramuzas eróticas y algún dato fuera de contexto, alguna alusión a David Hume, algún ñandú que no viene a cuento.

Antiguas municiones de cañones que se oxidan entre la gramilla.

Y empanadas. Mi informante desapareció.

En los últimos años pasé horas de atraso de sucesivos aviones, en diferentes aeropuertos.

Tenía Ulises en el bolso de mano, en versión francesa, en el original inglés.

Dos traducciones diferentes en castellano.

Y diccionarios.

Podría estirar la mano, leer dos y hasta tres horas.

Pero no.

Prefería La fenomenología del espíritu, de Hegel.

Las obras completas de Proust y hasta la Biblia, con perdón de Dios.

Supe que había más de un Roberto Ferro que podrían haber escrito El otro Joyce.

Fue el primer año que no entregué nada para la “mítica fecha”.

Algunos compañeros dijeron que era un acto político contra la corporación, en la que pronto me jubilaría.

Germán García