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Número 59

Ha vuelto Ulises

Me habían hablado mucho de la movida cultural de la ciudad de Cuernavaca.

Por otra parte yo recién había terminado de leer el Ulises de Joyce por segunda vez, y era un 16 de junio, el día Bloomsday, en que se homenajea en el mundo a la obra y a su autor, así que no fue extraño que se despertara mi la curiosidad al recibir el volante que invitaba a ver “Ha vuelto Ulises”, adaptación del grupo La Furia de Blas sobre una obra teatral de Salvador Novo.

Debería haber sospechado de qué podía ir la cosa cuando se citaba al público para las cinco de la tarde, no lo hice. Ulises era un simpático toro, o bien podríamos decir dos hombres de corta estatura, seguramente mexicanos, uno de pie y el otro agachado detrás del primero, haciendo de toro con el expediente de cubrirse ambos con una tela marrón, y tocarse el erguido la cabeza con una máscara que remedaba la cara taurina rematada en sendas guampas blancas confeccionadas con papel maché. Ulises era acosado por la oveja Molly, que intentaba conseguir los favores del animal.

Molly estaba interpretada por una actriz ataviada con un frondoso vestido de lana blanco.

Mientras el toro abusaba de los monólogos interiores bufando al tiempo que frotaba una de sus patas delanteras contra las tablas del proscenio, Molly hilvanaba otro monólogo que más se asemejaba a una catarata de “meeeés”, que es como se supone que hablan las ovejas.

Hasta que Ulises hizo mutis por el foro y llegaron al escenario Esteban y Leopoldo, que, de seguro, por el porte y lo sudados, se trataba de los mismos actores que constituían al toro Ulises.

A partir de ese momento todo fue malabares y caídas, chanzas y chacota que por lo general no llegué a comprender.

El público, integrado por dos señoras mayores que roncaban con efusión mientras tres niños que seguramente serían sus nietos corrían por el patio de butacas, y yo, reaccionaba, entonces, de distintas formas a lo que se estaba representando. Algunos minutos más tarde la oveja Molly ocupó el frente del escenario mientras Leopoldo y Esteban corrían tras bastidores para regresar en la piel de Ulises, el toro.

Entonces una voz en off gritó, “Ulises ha vuelto” y las luces de la sala se encendieron pero yo ya estaba muy lejos de Dublín, de Grecia y de Cuernavaca.

Roberto Gárriz