ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 59

La historia del Maldonado

Don Martín, el vecino, visto desde aquí, que ni lo veo ni lo miro, parece un pájaro posado delante de su puerta, sentado en el umbral y con las patas flacas, separadas, apoyada una en el primer y último escalón, la otra directamente en la vereda.

No sé cómo no tiene frío, las baldosas están húmedas, el sol pasó hoy temprano.

Sin embargo, de vez en cuando una luminosidad esboza lo que en alguna época del año pudo haber sido un rayo y ahora es una línea que cae transparente, fláccida, hasta el hueso blanco y redondo de su rodilla.

Insiste en usar ese pantalón corto, don Joaquín - o Martín, ahora entré en la duda-, ni gris ni beige, con múltiples bolsillos para cargar boletos de colectivos que encuentra al lado del árbol.

Suele guardar también papeles de golosinas que dobla primero en cuatro y, aplastados, ni siquiera clasificados por color, los coloca en el bolsillo trasero, para lo que tiene que hacer una torsión que lo hace sentir ágil.

Se envalentona don Martín -o Joaquín; más de uno lo vio pegar un salto para salir de esa posición, quedar dando vueltas, con los giros y suerte que podría tener un dodecaedro, dañando un poco el aire, las adyacencias de la atmósfera casi a nivel del piso, y salir él sin un rasguño.

Incluso una vez, en un intento por volver a sentarse como estaba, llegó a volar un poco, no sé quién dijo por ahí, sobrevoló por unos breves segundos, tan cortos, que no alcanzó a darse cuenta.

Le quedó una sensación de hambre después.

No de sed, de hambre.

Pero se le fue rápido, como si no le hubiesen venido ganas nunca, de nada.

Le pasa eso a don Martín (¿don Martín era? No importa): que no le duran mucho las ideas, ni ninguna otra propuesta de su mente o de su cuerpo; le aparecen como un sonido sordo, algodonado, como los gritos de las cotorras que pasan en bandada, lejos, y le garronean la atención, se la llevan un rato y la arrojan desde arriba, se la devuelven rompiéndola en pedazos que quedan colgados de las copas ralas, de los cables. Lo único que siempre tiene en un primer plano, de forma permanente, es una versión canturreada de cuando entubaron el Maldonado.

Es una historia entre mil historias, suyas todas también, que fueron desvaneciendo en manos de otra gente y él las fue juntando.

Y cuenta una o cuenta otra, según.

De todos modos se trata de relatos que envejecieron al mismo tiempo y tal vez, entonces, suenan todos iguales.

Nora Martinez