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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 58

Comienza el eclipse

El ómnibus llegó a las seis menos cuarto a la terminal de Rosario.

Elisa dormía profundamente y sólo reaccionó tras varios intentos del chofer tratando de despertarla.

Al mirar hacia el conjunto del edificio de la terminal notó que no tenía ninguna sensibilidad en la mitad derecha de la cara. Parálisis facial.

Se pasó varias veces la mano; la carne, según ella, estaba “amontonada en un mismo lugar”. No inmóvil, más bien como despegada de los huesos de la mandíbula, del pómulo, de la sien, de la mitad de la frente; en toda una zona de su cara la tensión muscular era nula.

Además, el párpado derecho subía y bajaba a un ritmo más lento que el izquierdo.

Incluso no le resultaba fácil hablar.

No articulaba bien o de forma correcta las letras de las palabras.

Con la parte no afectada de la boca se empeñó en ejercitarse, en realizar algunos movimientos que le devolvieran una mínima dicción.

Para colmo, uno de los orificios nasales se hallaba obturado y la respiración había perdido su cadencia normal.

Al taxista le dio no sin un gran esfuerzo el nombre de un hotel ubicado a menos de cinco cuadras de la casa de su padre.

Una vez en la cama volvió a dormirse hasta cerca del mediodía.

Pero alcanzó a sentir que la carne colgaba flojamente desde la base del ojo y que en parte parecía rozar la almohada con su peso fofo.

Una masa gelatinosa, con una temperatura más baja que las otras partes de la cara. Al despertar, alrededor de las once y media de la mañana, sintió un sacudimiento en todo el cuerpo, algo similar a una descarga eléctrica, que la obligó a sentarse en la cama.

Un calambre cuyo origen exacto no podía determinar.

Ahí fue cuando notó que la parálisis ya había desaparecido por completo.

La parte de la cara donde antes la carne había quedado floja, ahora había recobrado la sensibilidad y la situación anterior le parecía muy lejana, desparramada en alguna de las más profundas capas de su memoria.

Pero si permanecía sepultada vaya a saber dónde, a Elisa le costaba mucho creer que el hecho como tal se hubiera producido durante el viaje.

Parálisis.

Elisa dijo con voz muy queda lo que había pensado acerca de esa palabra.

Que contenía dos partes diferentes.

-Inconciliables –agregó alzando de forma inesperada la voz. -No se por qué están juntas, algo difícil de entender, quizás por no poder entenderlo es que logré superar el problema.

Mi pregunta, según deduje, no fue de su agrado, una mueca casi imperceptible me permitió advertirlo.

Aunque duró segundos, la mueca torció apenas su boca. Lo que le pregunté fue si había “consultado a un médico”.

Para mi asombro, sí lo había hecho, pero todas las explicaciones muy exhaustivas del médico sólo habían conseguido reforzar lo que acababa de decirme.

En determinado momento, el médico la había notado abstraída mientras él hablaba.

-No se prohiba escucharme –dijo de repente el médico empleando un tono que revelaba molestia aunque lo disimulaba con cierto esfuerzo.

Por los labios finísimos del médico las palabras salieron moduladas con una sonoridad similar a la de un silbido.

De repente, Elisa sintió que las cuatro palabras estaban cargadas de altanería. “El es el médico, actúa como un médico”, pensó Elisa. Lejos de inhibirla, el reproche del médico sólo sirvió para que ella antepusiera su orgullo.

Extendió en silencio la mano para saludarlo y una vez que salió del consultorio, arrugó la receta y la tiró en el papelero de un pasillo.

Al bajar las escalinatas de la entrada principal del hospital, sintió comezón y se rascó suavemente la mitad de la cara.

Antonio Oviedo