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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 58

Marcas

Clara tenía el cuerpo volcado hacia un brazo y éste apoyado con firmeza sobre una mesita en la que a través de un espeso vidrio podía verse un tejido de maderas en forma de espigas entrelazadas que a su vez armaban ángulos ondulantes.

Era un gran diseño imitando la ebanistería de medio oriente, plasmado en una placa circular de hule o algún tipo de papel adhesivo, tonos amarronados. El borde de la mesa -en primer lugar el vidrio, después el plástico, ajado, una guarda bajorrelieve provenzal entre dos líneas sinfín de molduras de media caña- se mostraba como uno de esos cortes transversales con los que, a modo de estudio, algunas láminas dan cuenta de la composición de la tierra.

Aun si se hace una perforación profunda, es muy difícil ver las distintas capas, napas o niveles de la tierra que van sucediéndose superpuestas hasta tocar, merced a nuestro ambulatorio aplastamiento, la base de nuestros pies.

Sin embargo es así como se piensa, en un punto tan radical, la sustancia que es espacio y es tiempo.

Por cómo estaba ubicada yo, parada, recostada en una columna apenas perceptible debido a la mala luz del salón, jamás podría haber visto esa maqueta de la corteza terrestre representada en el canto de la mesita redonda.

Recién cuando Clara cambió de posición y se llevó la mano a la boca, sólo entonces vi el antebrazo desnudo, su blanca, muy blanca y mullida epidermis en la que todo lo que tocaba le quedaba grabado.

Había olvidado esa particularidad.

No conocí a nadie más con la capacidad de registrar de esa manera, en el propio cuerpo, aquello con lo que se encontraba y se apoyaba.

Todo lo que conformaba su entorno, lo cotidiano, pasaba a ser un dibujo surcado en su piel; la mesa, una servilleta, el reloj pulsera, los pliegues de las cobijas, de la almohada, la costura del sillón, el asa del pocillo de café, los cubiertos, los grifos, los tornillos y aristas de la electrónica, las llaves. Sus propios dedos le quedaron marcados en su mejilla de la manera más fiel posible, como el bosquejo imaginado de un tatuaje, cuando apartó la mano de la cara, después de escuchar el relato hasta el final, sin respirar casi, de cómo había terminado sus días el difunto que nos convocaba.

Nora Martinez