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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 58

Trebejos

La carcajada lo despertó violentamente.

Tanteando la mesita de luz encendió la lámpara.

Se levantó, salió del cuarto, revisó la habitación que usaba cómo oficina y pasó directo a la sala principal.

En la mesa de teléfono estaban la agenda y el cenicero; los almohadones de terciopelo marrón oscuro en cada sillón; en el centro de la mesa brillaba el juego de ajedrez que escondía en el ropero.

Era extraño.

A Julio le costó conciliar el sueño.

No durmió durante varias noches.

Después del episodio de la carcajada, se prendían y se apagaban las luces, el agua corría en la ducha, hechos que suceden en una película de terror pero de bajos recursos.

Después de escuchar un ruido recorría las habitaciones y encontraba el tablero con las piezas en el mismo lugar.

Guardó cada vez el juego en la caja con cinta scotch, varias vueltas de piolín y fana.

Aún así lo encontraba cada noche en la mesa. Cuando se cansó del insomnio y de esa presencia, llamó a una vidente.

Gladys llegó a su casa, encendió quince velas amarillas, dos rojas, los tres triángulos de incienso y le pidió quinientos pesos.

Después de dos horas de ahumar la casa, Gladys se fue y le dijo que le habían hecho un daño.

Esa noche tampoco pudo dormir.

Esta vez el pecho se le cerró por el humo detenido en las paredes, en el techo.

Cuando Julio aireó la casa, el juego estaba donde tenía que estar.

En el centro de la mesa.

Un domingo en misa lo convenció al Padre Mario para que fuera a bendecir la casa.

Aún así esa presencia no se fue.

Después del Padre Mario consultó con un psicólogo que le dijo que era un duelo inconcluso, con un psiquiatra que lo medicó, y decidió incorporarse al grupo de autoayuda “Los Que Sufren de Presencias Inesperadas”.

Nada resolvió el enigma.

Ya harto Julio trasladó la mesa de la sala principal a la oficina, colocó el ajedrez en el centro, acomodó cada pieza en su lugar y se sentó detrás de las dieciséis piezas negras a esperar.

A la mañana siguiente se despertó transpirado.

Dormirse sobre la mesa le provocó un dolor punzante en el cuello.

Cuando quiso incorporarse sintió una presión en el hombro derecho que le impidió levantarse.

Miró nuevamente el tablero de ajedrez con las treinta y dos piezas.

La apertura la dio un peón blanco en C4.

Laura Gibilaro