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Número 5

Perros de la lluvia

Sé que en algún momento mi Ponchi va a empezar a conocer las cosas lindas de la vida.

Todo llega.

No será necesario que le explique qué significan Tom Waits, las mujeres carnosas, los atardeceres frescos en la playa, Onetti, las horas pasadas con amigos, así, las piernas estiradas y la mirada perdida, la cerveza bien fría, los vasos que se vacían lentamente, la conversación que vuelve y se va y vuelve. Él vivirá su vida como mejor le salga y yo voy a estar ahí, acompañándolo.

En última instancia, un padre siempre hace lo que puede por sus hijos.

Pero será el Ponchi quien tenga que padecer y disfrutar maestras, profesores, patrones, novias, pequeñas victorias, fracasos de toda clase y noches en que todo sale bien y uno se siente inmortal, poderoso. Igual no logro contenerme y le recito frases que van a servirle, frases que, es probable, él conservará, como yo conservo las citas que repetía mi propio padre.

Teníamos estilos distintos, mi papá y yo.

Él decía: “Asco le tengo al frasco y al sorete me lo masco”.

Y además decía: “Sobre el pucho y la escupida”.

Y yo le digo, al Ponchi: “Tengo el hígado jodido y el corazón roto, me he bebido un río desde que me hiciste pedazos”.

O le digo: “No morimos de viejos, morimos de las viejas heridas”.

Y también: “Considerando los obstáculos, la distancia más corta entre dos puntos puede ser la línea sinuosa”. Hace unos días él y yo estábamos enojados.

Algo terrible había hecho el muy guacho pero ahora no me acuerdo qué.

No estoy seguro, en realidad.

No sé si trató de tirar a la gata por la ventana o hizo una fogata con los dibujos que ya no le gustan.

Pero cuando ya no pudo sostener más la situación -nos ignorábamos-, él me miró con su mejor carita de nene bueno -parecía el rubiecito de Mi pobre angelito- y me habló de esta manera, manejando el volumen de su voz: “Disfrutá de tu hijo”, me dijo, usando una de las frases que más le gustan a su madre, e hizo una pausa.

Me miró a los ojos.

“Soy un poco hincha pelotas pero si no hubiera nacido vos no serías padre”, acá bajó un poco el tono.

“Yo nací porque vos y mamá se enamoraron, ¿no?”, remató.

Ahí, por supuesto, nos abrazamos, hicimos las paces y nos acostamos en su cama para ver a los Power Rangers.

Antes de dormirme me vino la imagen de un perro negro, flaco y mojado, deambulando sin dirección.

Eso es el futuro, pensé.

"Son los perros que se ven perdidos por las calles cuando el chaparrón ha cesado” -dije en voz alta-.

“La lluvia ha lavado los olores, y los perros no pueden encontrar su camino.

Husmean, pero no lo encuentran”.

No hay lugar a dónde ir.

Pero el asunto consiste en buscarlo, buscar ese lugar que no existe, por más que se nos vaya la vida en eso.

Ariel Bermani