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Número 57

Eugenia, el bunker y la banda

Mentiría si dijera que alguno de los que estábamos sentados esa noche en Los leones podría decir los motivos que lo habían llevado, tampoco podía conjeturar algo sobre las razones de cualquiera, ni siquiera de Rainer.

La verdad, yo era la prueba.

Nadie sabía quien era, nadie podría haber dicho algo sobre mi presencia en la mesa.

No entendía lo que hacía en ese lugar, ni lo que los demás querían.

Era como si la mesa, las sillas, las jarras de agua y la conversación marcaran la música silenciosa que sostenía nuestra permanencia.

Y el cansancio.

Esto no era evidente, pero cada vez que intentaba escribir algo para Jorgelina, para Juan, para Peter, entendía de golpe que no había nada que decir, que no pasaba nada, que no esperaba nada.

Podía inventar, pero lo que ocurría en realidad era azaroso, sin ningún motivo.

Algunas veces eran mujeres – podía hablar con Rainer – otras veces era deseo de hacer algo que fuera más allá de la rutina – podía hablar con Javier -; pero por lo general era la trivialidad de vida que hablaba con Eugenia, siempre de manera indirecta.

“Que cómico”, no importa que Eugenia, en la superficie y tan insondable.

Una presencia, una voz.

Mi deseo preciso y difuso.

Como dijo ella una vez, “sin mi hermano yo no te interesaría”.

Era una frase para provocar halagos de mi parte, pero era verdad también en cualquier otro sentido.

Sin tu hermano, sin tu madre, sin tu casa...

lo siento Eugenia, no me interesarías.

Esa pequeña mujer, caprichosa y sedienta de un amor sin deseo se volvía algo insoportable.

Pero recordarla, saber que se estuvo con ella, que su piel fue dibujada por nuestra boca, dejaba sin palabras. Por suerte Rainer no daba importancia a los vaivenes amorosos de su hermana, de manera que nuestra amistad podía ser algo separado de las agotadoras tonterías de Eugenia; digna hija de una madre que seguía en busca de un amor que debería estar recordando entre sus amigas, para no decir que era mejor que olvidara su pasado. Una noche, poco antes de que dejáramos de vernos, fuimos al bunker donde desde hacía un tiempo funcionaba una imprenta antigua donde se imprimían panfletos para los amigos de Javier.

Y era Javier quien había citado esa noche a Rainer y los otros.

Fui con Rainer de casualidad, porque lo encontré a la salida de su casa.

Como se dió cuenta que venía de estar con Eugenia, esbozó una mueca burlona antes de pedirme que lo acompañara. En el bunker había más de los acostumbrados.

Era una banda parada en rueda frente a un mapa de Santa Fe donde figuraban el Río Paraná y el río Salado y algunas localidades. Santo Tomé, Guadalupe, Las Flores.

Javier explicó que la policía había desmantelado un campamento y detenido a los compañeros acusados de “tacuaristas”.

El párroco Luis V.

Dusso fue benévolo con esos muchachos que decían Dios, Patria, Hogar cuando en a ciudad se multiplican los prostíbulos y los comunistas.

Pero parece que el inspector general Biaggini – según dice Javier que dijo Dusso – quiere defendernos de estos jóvenes que nos defienden de la inmoralidad y del ateísmo. En ese campamento, según Javier, había una disciplina comparada a la de los comandos de la infantería de marina, impuesta por Casimiro.

Un instructor riguroso, agregó.

En la casa de Juan, siguió Javier, la policía incautó – me parece increíble- libros de Santo Tomás, Manuel Gálvez, Maurrás y Primo de Rivera.

Por suerte no hay heridos ni establecieron ninguna conexión con Joe B. Cada tanto Javier callaba y trataba de medir hasta donde podía avanzar con su informe; yo estaba seguro de que intentaría comprometer de alguna manera a los presentes que ya no lo estuvieran.

No creo que intentara hacerlo conmigo, siempre me consideró, como decían en el ejército, inútil para todo servicio.

Pero Rainer tendría que decidir sin su tío, que desde hacía un tiempo evitaba los encuentros con su sobrino y los amigos que aparecían y desaparecían sin que estuviera claro de donde procedían.

Desde la carta de Joe a Ezcurra, por más explicaciones sobre el chiste que le hiciera a Rainer, el coronel Cáceres decidió separarse de los graciosos.

Lo ayudó, para su decisión, los coqueteos de la banda de su sobrino con algunos peronistas jóvenes que levantaban la bandera de la muerte de Vallese.

Y ni hablar con el coronel sobre las peleas en las playas, con jóvenes judíos de un lado y nacionalistas del otro.

Germán García