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Número 57

Sandro, Cacho, Pocho (y Johnny)

Hace veinte años, Sandro dejó de ser lo que había sido para ser el que sería.

De ser un imitador grasa de Elvis pasó a ser un precursor en el camino alternativo a la ruta oficial del rock nacional (Los Gatos, Almendra, Pescado Rabioso).

Prueba de ese cambio generalizado de opinión son los múltiples homenajes (discos de covers, reediciones, redescrubrimiento de filmografía, etc.) que se tributan a un grande a punto de irse. Conforme esa partida se hizo más evidente (y grotesca: Sandro en un recital con bata y una mascarilla de oxígeno, cubierto de bombachas de intrépidas fans; Sandro como Dennis Hopper, como la versión musical y extrovertida de Dennis Hopper en Terciopelo azul), a comienzo de la década de 2000 Cacho Castaña lanza “La vuelta del matador”.

Con un sentido algo oportunista y, a la vez, algo decadente Cacho vuelve a ser considerado un personaje “interesante”: se le preguntan qué piensa de la pena de muerte, cuál es el mayor número de mujeres con las que tuvo sexo al mismo tiempo, etc.

Casi el opuesto simétrico de Sandro, Cacho es explícito, reaccionario, mujeriego.

Y es, como Sandro, una figura de la música popular desprestigiada que se torna referente extravagante de la cultura. Con la muerte de Sandro, Cacho toma su lugar.

Y ahora, que Cacho está en franca ascendencia, ya se van perfilando sus continuadores.

El primero, previsible, Pocho la Pantera (como Sandro, una mezcla de rocker y cantante popular), el segundo, sorprendente, Johnny Allon (que, si se ha de creer a los medios que transformaron a Sandro y Cacho ―los programas de chimentos― de golpe tiene opiniones, es un conoisseur del mundo de la música popular y un posmoderno avant la lettre). Habría que reconocer entonces que, señaladas las diferencias entre los tres (o cuatro) personajes, sus relevos y variaciones, esos individuos, sus personas mediáticas, dependen menos de sus logros que de un lugar vacante en el juego mediático.

Esa casilla vacía tiene la forma de un individuo que permita el juego de pasajes y transmutaciones que va de la cultura de masas a la “gran cultura”: Sandro como precursor del punk nacional, Cacho como el pasaje entre el tango y la bailanta (y sus formas de sexualidad), Pocho como la política y la religión, Johnny como Larry King (con sus manierismos y sus revelaciones del mundo bailantero). Esa función, la “función Sandro”, es un espacio que aparece en la cultura mediática durante la década del noventa: el lugar de la figura popular que, en tanto figura popular, es un prócer.

En esa reivindicación, los medios construyeron un panteón amable, en el que se puede imaginar el espesor de las relaciones entre cultura popular, mediática y “alta”.

Esos personajes, a diferencia de los “mediáticos” que aparecen en el mismo momento en la pantalla nacional, son a la vez, figuras del mundo y figuras reconstruidas por los medios. Así, hasta que entremos en otra fase (la revolución mediática popular o el fin de los medios), habrá que escuchar a Johnny Allon: tal vez la verdad del destino de la cultura esté en sus palabras.

Ezequiel De Rosso