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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 57

Señora Hofrat

Está frío y es poco el calor que logro retener aún cuando camino.

Son casi las siete de la tarde.

En la calle ya no queda nadie.

Este recorrido lo conozco de una manera religiosa, ya se lo dije otras veces.

Me ajusté el moño, me calé el sombrero y tomé el bastón con firmeza mientras salí de casa a las seis.

Previamente revisé cinco veces la puerta para cerciorarme que la había dejado cerrada.

Ajusté una y otra vez el acto, y aunque mi cuenta es certera, la duda me acompañó hasta llegar a su consultorio.

Me gusta el trayecto hacia el barrio Alsergrung, y en la calle principal Berggasse compro el diario.

Cruzo en diagonal el empedrado, esquivo un carruaje lujoso tirado por dos caballos.

Camino tres cuadras, que a esa altura ya son cincuenta y ocho pasos largos, ininterrumpidos.

Agilizo la marcha.

No me encuentro bien.

Se trata otra vez de la imagen de mi padre en el espejo.

Me detengo en ese espejo y mis bigotes me recuerdan a él. Cuando me acerco a la esquina para cruzar, de reojo la diviso.

¿Es ella? Si.

Aún mantiene su andar pausado.

Hace mucho que no sabía de usted, está cambiada, me parece… hermoso su sombrero.

Si, estoy bien.

Papá falleció hace cinco años.

¿Me recuerda, Señora Hofrat? Muchos años, si, ya lo sé, hemos dejado pasar muchos años.

Así que se casó, y ¿su hijo? Yo estoy soltero.

Las obligaciones de la guerra han ocupado mi tiempo.

¿A su casa? ¿Cuándo? Me toma por sorpresa su invitación.

Entonces hasta mañana. Y de repente Dr., mientras se alejaba, sentí el sudor.

Respiré.

Pensé que la había olvidado.

Es ahora una mujer mayor.

Aún mantengo intacta en mi memoria su figura desnuda, sus piernas, ese olor.

Le dije que sí, que iría a visitarla, pero ahora no lo sé.

En algún momento he perdido mis lentes en el camino.

Debo ocuparme de reponerlos.

Quizás si me atreviera a besarla, esta vez, el temor por esa presencia en el espejo se diluiría.

Claro que ella me gusta.

Quizás es tiempo de provocar al destino.

Mañana iré a verla.

La semana que viene, a la hora convenida, llamaré a su puerta, me sentaré y podré contarle cómo ha sido mi encuentro con esa mujer, la Señora Hofrat. Nota del traductor: Luego de la caída del Imperio, se donaron al Museo Nacional de Austria estos manuscritos fechados en 1909.

Dichos manuscritos fueron rescatados por un Oficial que debía quemarlos, pero después de leerlos los ocultó en el sótano de su casa.

Ahora forman parte de la cultura.

Ni las ratas pudieron con ellos.

Laura Gibilaro