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Número 5

Lo que aprendí en la tele

Hace poco un amigo me invitó a participar de un programa que produce.

Como el programa era grabado, se me indicó que era posible que hubiera demoras y que grabar el tiempo que estaría frente a las cámaras (unos diez minutos) podía tomar algunas horas.

Para alguien que, como yo, es un poco cholulo, la experiencia prometía ser fascinante. Y lo fue.

Esos diez minutos de programa tomaron (al menos a mí me tomaron, no sé cuánto les habrá tomado a los productores) 50 horas. Ahora bien, se me dirá que esperar, se espera todos los días.

Y quien lo dijera tendría razón.

Pero hay diferentes tipos de espera.

Se puede esperar, por ejemplo, el colectivo, o que llegue el pibe de la parilla con el asado.

También, hay esperas más dilatadas: el embarazo, el amor para toda la vida, la muerte.

Y hay, por último, experiencias que aunque objetivamente sean breves (¿qué son 50 horas comparado con esperar el amor verdadero?), dilatan el tiempo hasta límites intolerables.

Este tipo de espera (el insomnio, una grabación televisiva) es intolerable justamente porque el fin de la espera parece inminente: una película en cable o la llamada a escena nos podría sacar de ese suplicio.

Y sin embargo, no: no hay nada para ver en la tele, la toma debe ser rehecha o el guión cambió por quinta vez. Mientras que las esperas cotidianas suelen incorporarse al folklore de los usos y costumbres del ser nacional (“la parrilla de la esquina tarda, pero la carne te la hace en el momento”) y las segundas son objeto de estudio (la del embarazo produjo la inseminación artificial, el ideal del amor verdadero creó el psicoanálisis), la espera condensada del insomne produce estupor.

En efecto, quien espera se pregunta qué debe hacer y no encuentra ninguna respuesta a mano: ¿me tomo una pastilla o me quedo acostado?, ¿voy a putear al productor o sigo adelantando las lecturas del verano?. Y entonces, cuando uno comienza a pensar que nunca más va a entrar al estudio de grabación, viene una chica (muy joven, muy voluntariosa, siempre distinta) y dice que es hora de entrar.

Parece que es el fin de la espera.

Pero no. A mí, por ejemplo, se me pidió que, sobre algunas ideas, improvisara algunas respuestas.

Lo hice lo mejor que pude, pero a medida que las tomas se repetían, mi dicción no ayudaba y los demás invitados se equivocaban; la improvisación comenzó a transformarse en recitado y finalmente en salmodia monocorde.

El hecho es que la doble exigencia de “frescura” y precisión tornaba todas las palabras un remedo de los tonos y comentarios de un individuo medianamente lúcido. Mientras se graba se está en el limbo.

No sólo porque se repite todo hasta el hartazgo para que salga perfecto, sino porque la repetición obedece a patrones ajenos al dominio de quien está en escena.

Las cámaras barren el espacio en forma distinta a como lo hace quien está en la escena y (bendición y condena del dispositivo) construyen un espacio a la medida de un espectador invisible.

Así las cosas, al menos en mi experiencia, la grabación parecía un eterno ensayo: uno decía bien (o mal) lo que tenía que decir y el director decía “otra vez” (o “queda”) sin que se supiera qué oscuro designio habíamos acatado o desobedecido.

Así que ¿cómo repetir el acierto o evitar el error en la próxima toma? Parecía que desde siemp re se había dicho: “Hola, Mario”, y que por siempre se diría lo mismo. En esos días aprendí algo que no sabía sobre la tele: que es como la vida misma.

Que se espera para poner en escena algo que, aunque original, es ya algo repetido.

Que todo lo que se espera, llega; pero que los hechos nunca son como se los imaginó.

Como sucede con la memoria, quien espera proyecta lo que le gustaría ser o hacer, y siempre se miente.

La espera es entonces un recuerdo del porvenir y siempre falta una hora menos, ¿pero de cuántas, por dios, de cuántas?

Ezequiel De Rosso