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Número 56

Mamá sabe.

La abuela vio la foto del tío Ernesto con Margaret Thatcher y entendió enseguida que el tío se había convertido en una persona importante.

Después supimos que había confundido a la primer ministro con María Elena Walsh, y por eso quedó tan sorprendida al ver, nuevamente al tío en otra foto, ahora tomado de la mano de la Reina de Inglaterra, la vieja con el sombrero, que mientras saludaba con una mano a la multitud se afirmaba, confianzuda, con la otra mano en el hombro de Ernesto que sonreía con naturalidad. La abuela retó a Ernesto, que cuántas veces le había dicho que dejara esos vaqueros sucios y se pusiera corbata por si se encontraba con gente importante.

Primero hubo que desanudar en el entendimiento la confusión entre Thatcher y Walsh, que no fue fácil, y cuando llegó el turno de explicar que en Londres había un museo de cera con réplicas de personajes famosos, la abuela ya había sacado sus propias conclusiones, las había grabado de manera indeleble en su entendimiento y se había quedado dormida.

Tantos esfuerzos habían dado sus frutos; había acertado al depositar su confianza en el tío Ernesto, se alegraba la abuela.

El viaje a Londres, el trato con la realeza, eran señales inequívocas.

El tío debería cuidarse de la envidia y de las malas compañías.

No le gustaban esos jóvenes mal entrazados de las últimas fotos, en eso la abuela se reconocía el instinto afilado.

Todo esto sucedía en 1980, el tío había conseguido un amigo en la aduana y viajaba a traer radiograbadores desde Europa para revenderlos acá.

Los jóvenes de las últimas fotos eran Los Beatles de cera en el mismo museo, pero Ernesto era Ernesto, eso sí.

Y siguió siendo Ernesto cuando pidió su parte de la herencia – hubo que vender la casa de la abuela- para poner el dinero a plazo fijo y vivir de los intereses.

El tío Ernesto estuvo mal asesorado, decía la abuela, un muchacho tan inteligente, si lo sabré yo, pero le llenaron la cabeza, repetía.

Y terminaba echándole la culpa a María Elena Walsh.

Roberto Gárriz