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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 56

Esa prisa que el reloj moderno impone y el cuerpo reprueba
Surf y postres

Ni me pregunten por qué estoy contando esto, no hay espacio para aclaraciones, acaso lo hago con la mera intención de ponerlos en conocimiento de que un lagarto también ha tenido infancia y parientes y hasta enrojecía, sin ocultar que lloraba a moco partido.

Recuerdo una mañana cualquiera, yendo de la mano de mi progenitor a paso cansino, producto de la poliomielitis que lo dejara rengo de chico, fatigando alguna difusa vereda soleada en un barrio porteño, llamémosle Villa Crespo, rogándole que me comprase chupetines; tal mi condición de niño burgués con obtusa seguridad de que siempre habría alimentos y sábanas limpias y agua caliente.

Pero justo vi a un barbudo zaparrastroso con la piel cetrina recostado como sin vida en el piso y me desayuné de que era un “gilastro” al cubo, yo, no el pobre tipo.

La cuestión es que este anfibio en versión larvaria le pregunta a su padre: ¿qué le pasa al hombre? Y su protector da por toda respuesta: “Está mamado”.

¡Miércoles!, pensé para mis adentros con la jeta lívida, ¡lo que hace el alcohol! y aquella bobada me duró hasta mi primer borrachera tardía; cierto, la imagen hizo mella como tanta otra información errónea a la que diariamente estamos expuestos, y cuanto más rápido se vive menos se cuestiona para qué coño uno hace lo que hace y por qué, me dije, presuroso.

Y maduré que la realidad es según la pintan, depende de quien o quienes la pinten, aunque cuando uno la ve y toma plena consciencia se convierte en una entidad, casi de carne y hueso, y uno, automáticamente, se vuelve responsable.

En suma, este lagarto de exportación admite que después, muchos años después de aquel pequeño incidente, recién sabría que uno no sabe lo que quiere ni siquiera al obtenerlo, porque saber, en dicho caso, es una manera de negar la realidad, y debido al propio razonamiento se sentiría por bastante tiempo peor que una gallina clueca.

Sergio Fombona