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Número 56

Un tío materno

Ahora nadie podrá saber si fue la falta de oportunidad, la falta de talento, la falta de las dos cosas; era mi tío Leopoldo Fernández, hermano de mi madre – dicho sea de paso, otra artista malograda en el teatro doméstico de la vida familiar -, que dejaba a su mujer embarazada y desaparecía en giras itinerantes; nada se sabía de su paradero hasta que llegaba una foto artística impresa en un anuncio que difundía su actuación en algún teatro – más bien cabaret, club nocturno, reducto incalificable – en alguna ciudad de provincia. Al menos una vez llegó hasta Montevideo y su pobre mujer recobró algo de la alegría.

Cuando en la familia se nombraba a esta mujer siempre había que decir “pobre”, supongo que era porque cada vez que veía a mi tío volvía a quedar sola y otra vez embarazada. A mi tío, por el nombre y apellido, era fácil confundirlo con otro, porque más de una vez lo fueron a buscar por algún delito que, al final, se comprobaba que era otro el que lo había cometido.

A mi también me confundieron, al menos varias veces, con algún otro que tenía una plaza con su nombre que era el mío en Bahía Blanca, otro había publicado un libro autobiográfico en Sierra Chica, porque preso trabajaba en la imprenta de esa cárcel modelo del fin del mundo.

Tengo que decir que me alegraba, que imaginaba una burla con algo de venganza, en asumir cada una de esas historias – literarias o delictivas – para convertirme en un Homero irrisorio de un país donde mi talento – como el de mi tío – daba cuenta del estado de la Patria (con mayúscula como había que escribir esta palabra en las redacciones del colegio). Que mi tío disculpe esta brusca irrupción parentética que responde a la afirmación de un sabio: la transmisión del pasado viene de tío materno a sobrino, de ninguna manera de padre a hijo, como quisieran los alucinados por la familia diluida que ellos conocen.

Por mi parte, el rizoma de mi familia – en el sentido de Mallea, no de Deleuze – es una compleja red de conexiones imperceptibles. Mi tío cantaba con el correspondiente atuendo de gaucho, acompañado de una guitarra.

Me hubiera gustado que fuera payador; lo ví pocas veces y nunca se lo pregunté.

Durante décadas no supe nada de él, hasta que me dijeron que había muerto en el campo – joven para su edad – de alguna enfermedad. De mi tío aprendí el valor relativo del trabajo, de la vida en familia, de la fidelidad a una mujer.

Y la alegría de la variedad del deseo frente a la monótona seguridad de la ternura.

(“Un día sobrino se te viene la noche, pero nadie te quita lo bailado, tampoco tenés la oportunidad de bailar de nuevo”).

Con un tío así, se entiende que la posibilidad de convertirme alguna vez en un escritor de verdad será sólo una promesa.

Tampoco es para desesperar, para inmolarse por la literatura, como algunos amigos sedientos de gloria: nada de esto último dijo mi tío, porque no llegó a saber que me enseñó, sin saberlo, que se trata de fracasar de la mejor manera.

Es evidente: un tío materno no es un tío maternal.

Germán García