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Número 56

Me desperté

O homem que diz "tou" Não tá Porque ninguém tá Quando quer. Canto de Ossanha – Vinicius de Moraes / Baden Powell El problema debe haber sido que comí mucho.

Eso tiene que haber sido.

Nada raro me había pasado durante el día.

De lo más normal: la alarma sonó a las 7, me metí al baño, una ducha rápida, me vestí, desperté a mi marido y a mi hijo, me pinté, preparé el desayuno para los tres, fui a la empresa, trabajé mucho, volví a casa, preparé la cena… Preparé unos fideos con pesto que me quedaron exquisitos, eso debe haber sido: estaban tan ricos que comimos mucho y tomamos vino. Me habré dormido a las 11, Claudio roncaba hacía rato y Marquitos también.

Tuve un sueño muy vívido: estaba en la casa de mi infancia, pero colgaban telas de colores por todas partes, como sábanas puestas a secar.

Yo las corría, las tocaba y avanzaba pero nunca llegaba a ninguna pared.

La cosa empezó a extrañarme porque ya había recorrido unos cien o doscientos metros entre las telas y lo que al principio me había parecido divertido ahora me asustaba.

De repente vi una pared pero delante colgaba otra sábana, la última, de color blanco, casi transparente.

Iba a correrla para tocar por fin algo sólido pero cuando me acerqué distinguí la silueta de un hombre extraño.

No era mi papá, no era mi hermano, ni un amigo.

Tuve miedo, el corazón me empezó a latir con fuerza y me desperté.

Me senté en la cama, estaba transpirada.

Claudio dormía.

Fui hasta la cocina, abrí la heladera para tomar agua fresca.

Quise alcanzar la jarra pero no estaba a mano, estaba al fondo.

Me acerqué, estiré el brazo: no llegaba.

Metí medio cuerpo adentro, veía la jarra pero no llegaba a tomarla.

Metí una pierna, la otra y caminé adentro de la heladera.

Cuando pasaba rozando el sachet de leche que había abierto el día anterior me llamó la atención que fuera descremada.

Me estremecí.

Miré alrededor, los restos de comida que había no eran nuestros: un poco de guiso y media manzana, y ni rastros de los fideos con pesto.

Estaba en otra heladera, probablemente en otra cocina.

Sentí frío y me desperté.

Respiré hondo y me arropé, Claudio tenía todo el acolchado encima suyo, como siempre.

Traté de recordar el sueño para poder contarlo por la mañana, y me lo repetí.

Mientras iba y venía por el relato me acordé de una canción (que me canté) y después de una película (que me conté de principio a fin).

No podía conciliar el sueño pero tampoco quería levantarme y despabilarme del todo.

Me quedé quieta hasta que sonó el despertador.

Lo dejé sonar más de la cuenta, cuando abrí los ojos lo vi a Claudio sacando del ropero un traje de buzo.

Yanina Bouche