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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 55

La japonesa de la tacita

Montados sobre un peñasco, mi prima, mi perro y yo, vimos allá lejos cómo se iba el auto negro.

Parecía un ciempiés brillante, larguísimo, flexionando su cuerpo en las curvas.

De un lado del camino estaba la montaña que llegaba hasta nosotros, salpicada de unas matas verdes que aparecían como plumeros desde la ladera.

Algunas eran apenas unos garabatos veloces, frágiles de color; otras, más grandes, de color más pleno, se quedaban un tiempo más prolongado en nuestro pensamiento porque ocupaban más espacio y porque se parecían a los matetes de lana que tenía mi abuela en el canasto del tejido.

En ese momento, apretado a mi blusa, yo tenía un saco de lana hecho por mi abuela.

Matizado de rojo y crema.

Pero un momento después ya no lo tenía porque se lo tiré al coche negro y cayó sobre un nido.

Tardaron tanto en ir a buscarlo que una vez cuando el mar, que bordeaba el otro lado del camino con esa costa siempre tan vacilante, llegó hasta el saco, lo desenredó de las ramas y se lo llevó a algún otro niño.

Ya no estuvo más conmigo.

Cuando volvimos a la casa nos pusieron delante de las tazas con los dibujos negros y azules que se tocaban con la yema de los dedos y se sentían tibios.

No era día de tazas escocesas verde sifón marrón y beige.

Los buñuelos de manzana estaban demasiado fritos y tuvimos que vomitarlos por la ventana, justo arriba de la cara del perro. Las mujeres de la casa estuvieron casi todo el día en el patio, no entraban nunca.

Barrían algo del piso que no se iba con nada.

Ese olor que me había parecido exquisito, por entonces supe que era lo peor del mundo, pero todavía no tenía edad de que me explicaran mejor.

En cambio sí tenía edad suficiente para ver cómo se iba formando en el fondo de la taza vacía la cara de una japonesa, novia de un tío, que algún día vendría a visitarnos.

O que sería mi maestra.

En mi familia circulaban estas dos versiones.

La japonesa tenía la piel muy suave, las mejillas redondas y un peinado tan prolijo que cada vez que me miraba yo me sentía obligada a alisarme el pelo.

Durante muchos años nunca dijo nada.

Siempre quise preguntarle algo y ella sonreía con la boca cerrada.

Nora Martinez